Las caras de la pederastia en Camboya
Ellos son conocidos como “los niños de la basura”…chavales hambrientos, que buscan entre los desperdicios de una ciudad de más de dos millones de habitantes, algo que poder llevarse a la boca.
El es un antiguo peluquero que dirige una “organización” en Camboya, invitando a todos a que envíen dinero para salvar a esos niños.
David Fletcher, de 66 años de edad, puede parecer al mundo un “buen samaritano”, alimentando a cientos de niños quien cariñosamente lo llaman “Papá”. Pero Fletcher guarda un oscuro secreto.
Hace años fue encarcelado en su país de origen, Inglaterra, acusado de violar a una niña de tan solo 15 años mientras filmaba todo en vídeo. Sin embargo, la vida ha puesto a esta persona a guiar el futuro de una de las cientos de llamadas “O.N.G.s” sin registrar que existen en Camboya, donde huyó hace seis años, y donde pasa todos los días rodeado de niñas, algunas de ellas de tan solo ochos años de edad.
Este personaje, que se esconde tras la ignorancia de los turistas que visitan un país donde dejan parte de su corazón, utiliza a estos niños como excusa para recaudar dinero que según el afirma va destinado a ayudarles.
Pero según se prueba en una investigación realizada por periodistas del Sunday Mirror, Fletcher se ha acercado demasiado a algunas de las niñas a las que dice ayudar, llamando a una de las chicas de la tan solo ocho años, “su pequeña niña favorita”. Incluso ha llegado a comprar en propiedad a una joven camboyana de tan solo 17 años, por 150 dólares, quien fue vendida por su propia madre para pagar algunas deudas. Algunas organizaciones dieron la voz de alarma e incluso intentaron ofrecer más dinero a la madre para intentar que este pervertido no pudiera disfrutar de los placeres de una niña esclava.
Fletcher fue condenado por un juzgado de Norwich en Inglaterra en Julio de 1997, por la violación de una niña de quince años de edad, a quien emborrachó con champagne y ofreció 300€ por tener sexo. Fue encarcelado durante 18 meses, mientras era el propietario de una cadena de peluquerías en Cambridge y en Saffron Walden. Cuando los investigadores del Sunday Mirror le preguntaron acerca de la condena, el se limitó a afirmar “Sí, ella era mi novia, me cogieron, yo solo la violé unas semanas antes de su dieciséis cumpleaños, la gente habla mal de mi y no entiendo por qué”.
Camboya se ha convertido en el destino favorito para pederastas de todos los países, después de que la vecina Tailandia declarara la guerra a los “turistas del sexo”. Las cárceles camboyanas solo son la casa para unas decenas de pervertidos en un país donde esta industria mueve millones de dólares al año.
Sin embargo, hace unas semanas, Fletcher fue arrestado en su hostal de Bangkok, después de escapar de Camboya, debido a la presión de varias organizaciones, y en tan solo unos días será el segundo ciudadano ingles que será deportado por Tailandia bajo la nueva ley anti-pedofilia.
Unos meses antes, Gary Robcoy, de 30 años de edad, procedente del barrio de Wapping en Londres, se convirtió en el primer ciudadano inglés en ser deportado del país de las sonrisas, bajo las nuevas leyes. Fue arrestado mientras enseñaba a niños en una escuela de Bangkok.
Caras como la de Alexandar Trofimov, de 42 años de edad, ciudadano ruso que en octubre de 2007 fue arrestado en Sihanoukville, en la costa camboyana, y condenado a 17 años de cárcel por abusos sexuales a 17 niños menores de edad, veía tan solo hace unos días como un juzgado camboyano reducía su condena a tan solo ocho años, después de que el acusado admitiera su culpabilidad y pidiera perdón a las familias, alegando “no conocer las leyes y tradiciones camboyanas, lo que le llevó a cometer estos abusos”. Trofimov había pagado cantidades entre 5 y 2000 dólares por tener sexo con niñas menores. Como la mayoría de estos pervertidos, llegó a Camboya tras huir de su país de origen, donde era buscado en conexión con abusos a menores.
David Fletcher, Gary Robcoy, Alexandar Trofimov y Johan Brahim Escori, son solo la cara de un negocio millonario que ha fijado su objetivo en las familias más necesitadas de Camboya, donde miles de almas rotas sufren la cruz de ser marcadas para el resto de sus vidas.
Más Allá del Paraíso
Nunca hubiera creído que solo dos meses después de ver por primera vez a esas personas vestidas de color índigo, me darían el honor de bautizarme con el nombre de Nia, cuyo significado hmong es plata. Desde que vi la mirada de aquella niña semidesnuda cuando bajaba por el río Mekong a su paso por Laos, esta amable tribu cautivó mi atención.
Son varios los lugares donde mantuve contacto con ellos, en ciudades como Luang Prabang o Phonsavan en Laos, Mae Sai en Tailandia, pero sin duda Sapa, en Vietnam me atrapó desde el principio. Un lugar de una belleza insuperable.
Sapa y los Hmong
A pocos kilómetros de la frontera china y cercana a Dien Bien Phu, lugar de la famosa batalla entre tropas vietnamitas y francesas de 1954, en la que el padre de mi amigo senegalí Paul, luchó, y situada a 1600 metros de altura, en un valle rodeado de montañas como el Fansipan, el pico más alto de Vietnam con 3143 metros, esta ciudad respira amabilidad por parte de las diferentes etnias que la componen, Hmong, Dzao, Tay, Zai y por supuestos los antipáticos vietnamitas del Norte, que viven amenazando constantemente a las mujeres de las diferentes tribus que intentan vender sus souvenirs a los turistas.
Pero de todos ellos, son los hmong quienes se apoderaron de una parte de mi corazón que desde entonces sigue con ellos en aquella pequeña cabaña, donde compartimos tantas noches bebiendo vino de manzana a la luz de la hoguera. Esta etnia, conocida en China desde hace cientos de años con el nombre de Miao, componen un total de tres millones de personas repartidas por diferentes puntos de la geografía asiática, como China, Vietnam Laos, Tailandia y Birmania. La primera presencia de personas hmong en la zona de Sapa data del año 1848. Con una economía basada en la agricultura y agrupados en clanes, habitan en pequeños poblados donde un máximo de cuatro generaciones de la misma familia, encabezados siempre por una figura masculina, conviven en paz y consenso, como mis ojos pudieron presenciar tantas veces.
Aunque ni este remoto punto de Vietnam, ha podido resistir a la tentación del dinero fácil de los turistas. Cientos de agencias venden los tours desde Hanoi, a unos precios que parecen asequibles a la mayoría, pero que esconden una triste historia detrás, como me contaba mi hermana hmong, Khu, “siempre que los turistas contratan un tour en Hanoi, nosotras hacemos de guía, y lo que no saben los extranjeros es que alguno de ellos pagan más de cien dólares, de los cuales nosotras tenemos suerte si nos quedamos dos”.
Niñas como Cha, con 7 años, huérfana de padre y madre, y que cada día caminaba más de siete kilómetros desde su poblado en la falda de la montaña, hasta el centro de Sapa para intentar encontrar un turista al que acompañar a las cercanas cascadas de agua o a cualquier lugar por unos pocos dongs vietnamitas.
Turistas que al llegar la noche, se refugiaban en los restaurantes y hoteles a degustar una gran cena y descansar en una gran cama, después de un día en el que para algunos cómo escuche una vez en el autobús que bajaba desde Sapa, no era más “una caminata, si lo se me quedo en casa”, con aquella guía que no tendría mas de 13 años y a la que seguramente sacaron mil fotos para enseñar a los amigos, y la que no cobró más de lo que se gastarán en una cerveza bien fría a su vuelta a casa hablando de la pobrecita niña.Crías que como mi hermana pequeña Kher, la niña con la voz de un ángel, 12 años y el espíritu de una mujer de 40, ascendían dos veces por semana a la cima del Fansipan, para al final no ganar más de unos 10 dólares, un viaje por el cual muchos turistas pagan 150 dólares.
Yon y Pan
Extranjeros que se pierden el lado oculto de una ciudad, rodeada de campos de cáñamo con el cual fabrican sus ropas y obtienen sus derivados que luego venderán a turistas en busca de un momento de placer y felicidad, instantes que no se disfrutarían igual si supieran la historia de Pan y Yon, dos niñas de 5 y 6 años que rompieron mi corazón la noche que quizás cometí la mayor locura de mi vida.
Al verlas temblando de miedo, y escuchar que no podían volver a sus casas, porque habían visto a su padre borracho y a su madre vendiendo droga, y siempre que pasaba eso, como afirmaba Yon, “me pegan hasta que no aguanto más y me obligan a consumir opio para dar pena a los turistas y que así me den más dinero”. Sin pensar en las consecuencias, me llevé a las niñas a la habitación de hotel, donde ayudadas por una amiga que viajaba conmigo, y mientras que yo en la calle apoderado de la furia intentaba encontrar a sus padres, disfrutaron una noche de paz y de la primera ducha caliente de sus vidas.
Su historia es desgarradora, sus padres las obligaban a consumir drogas desde la edad de dos años, y a trabajar desde las primeras horas de la mañana hasta el anochecer para obtener unos pocos dongs de los turistas y que así sus padres pudieran comprar la droga que posteriormente, como su madre intentó la mañana siguiente conmigo, venderla en la puerta de los hoteles. Muchas noches dormían en la calle acompañadas de su hermano pequeño de tan solo 2 años de edad, mientras que sus progenitores deambulan por la ciudad como zombies.
Sapa, quizás el paraíso para muchos turistas que lo visitan, pero siempre hay algo mas allá de ese lugar perfecto con el que siempre hemos soñado, historias anónimas y escondidas de los turistas, miradas olvidadas que gritan por cariño y atención.
Choeung Ek, El Campo de la Muerte
Pocos son los lugares que han causado en mí un sentimiento tan hondo de tristeza, de incomprensión y de rabia, pero Choeung Ek supera todo lo que la mente humana pueda imaginar.
Situado a 15 kilómetros a las afueras de la capital camboyana, Choeung Ek es una de las muestras más claras de que la maldad del ser humano no tiene límites. Dominado por una gran estupa funeraria, este antiguo huerto de fruta de longan contiene los restos de más de 20.000 personas, torturadas y asesinadas por los soldados de Pol Pot, repartidas entre las 129 fosas comunes que componen este campo de la muerte, de las cuales solo 86 han sido excavadas. Muchos de estos restos pertenecen a los torturados en la prisión S-21.
Según nos acercamos a la estupa principal, me impresionan los 8.965 cráneos que se apilan en el interior de esta, clasificados por sexo y edad, algunos de ellos de niños menores de 10 años. El silencio es la banda sonora de esta visita que no dura más de cuarenta minutos, un paseo difícil de olvidar en el resto de mi vida. Un camino repleto de huesos, dientes, ropas, que debido a la erosión de la lluvia en el terreno, cubren el camino que recorre este cementerio de la tortura.
Nos cuentan, que “la mayoría de las personas asesinadas aquí, fueron golpeados con palos en la cabeza ya que las balas de los Kalashnikov costaban mucho y estaban reservadas para el enemigo”, nos relatan historia de cómo soldados borrachos se apostaban la vida de los bebes entre copa y copa, historias escalofriantes e imposibles de entender. Muchos de ellos, cavaban sus propias tumbas, antes de que sus ojos fueran vendados y golpeados hasta la muerte con todo aquello que sirviera como arma.
Siempre dije que Camboya es diferente, no comparable a ningún otro Estado del mundo, un país que ha pasado tan solo en una veintena de años de los peores horrores que la humanidad ha visto, a la sonrisa eterna que actualmente todos los camboyanos dibujan en sus caras, quizás una lección que aprender para las mentes obsoletas de los países desarrollados. Como poder comprender el color rojo de ese árbol, donde mataban a cientos de niños y bebés, estrellando sus cabezas contra el tronco, como entender que miles de estas vidas hayan sido exterminadas, por el solo hecho de enamorarse de la persona incorrecta, de usar gafas, de saber leer, de echar de menos a sus madres.
Increíblemente Choeung Ek, es tan solo uno más de los más de mil campos de la muerte repartidos por Camboya, quizás el más famoso de todos (debido a la película de 1984, Los Gritos del Silencio), pero seguramente no donde más personas fueron asesinadas. Cada año, el 9 de Mayo, la estupa que sirve como memorial, se convierte en el punto central del Día del Genocidio, recordando a las más de 1.7 millones de personas que fueron asesinadas durante los 3 años, 8 meses y 20 días que los jemeres rojos horrorizaron al Mundo.
En 2005, Choeung Ek, fue transformado en un museo del horror, por una compañía japonesa, con el objetivo de “realzar la belleza de este antiguo huerto”, aunque como siempre en este país, la razón principal sea monetaria. El gobierno camboyano permite a la compañía JC Royal dirigir este nuevo museo durante los próximos 30 años a cambio de unos $15.000 dólares anuales. Incrementando el número de camboyanos y extranjeros que visitan el lugar, y pasando este a ser parada obligatoria en el viaje a Phnom Penh de cualquier turista, junto con la prisión S-21 y el Palacio Real.
Camboya, un país, donde las muertes más atroces han servido para que en la actualidad, algunas empresas se enriquezcan a base de vender el sufrimiento de un país, que quiere cerrar de una vez por todas las heridas del pasado. Aunque en las caras de los más de quinientos turistas que visitan diariamente este museo de la muerte, se sigan reflejando día tras día, el horror de algo que supera todos nuestros limites de lo imaginable.
“El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano”, Edgar Allan Poe.



































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