La historia de Johnny: “Tengo suerte de haber nacido en un campo de refugiados”

Conocí a Johnny a los pocos meses de mi llegada a Camboya. Víctima del alcohol, sus manos no paraban de temblar mientras me explicaba en un inglés casi perfecto la historia de su vida. Sus palabras parecían puñales asesinos, su vida una historia digna de ser contada. No dudé ni un segundo en pedirle que escribiera una pequeña biografía para mí. Tres años después, las palabras de este joven camboyano siguen clavándose en mi corazón como dagas envenenadas de injusticia. Quién mejor que Johnny para narrar su vida.

Johnny / Foto: Omar Havana

Mi nombre es Chhoeum Channy, Johnny para los amigos. Tengo tres hermanas y un hermano. Nací en Tailandia, mientras mi país era aniquilado por el régimen de Pol Pot. Mis padres escaparon en 1977 de uno de los campos de “reeducación” de los jemeres rojos. Yo tuve la suerte de nacer en un campo de refugiados en Tailandia, donde viví durante los primeros doce años de mi vida.

No fue hasta 1991, cuando pudimos regresar a nuestra amada Camboya,  aunque no todos pudimos volver. Mi padre falleció meses antes de que mi país fuera un lugar seguro en el que vivir, él nunca pudo ver cumplido su sueño de una Kampuchea libre de guerras.

Mi vida en el campo de refugiados fue genial, no nos faltaba de nada. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) nos proporcionaba todo lo que necesitábamos para vivir: ropa, comida, educación, asistencia sanitaria. Recuerdo aquella época como la mejor de mi vida. Siempre digo que soy una persona con mucha suerte, yo nací en un campo de refugiados.

Niños del campo de refugiados de Ban Laem, 1979 / Foto:Bettmann/CORBIS

Todo cambió cuando volvimos a Camboya. Recuerdo ese viaje como si fuera ayer, tenía mucha ilusión por pisar por primera vez mi país, mis padres me habían hablado de la belleza de Kampuchea, y estaba ansioso por poder verla con mis propios ojos. Sin embargo, aunque la Guerra Civil ya había acabado, Camboya sufría en silencio las consecuencias de la barbarie que años antes había aniquilado a casi dos millones de mis compatriotas.

Mi madre había nacido en Battambang, así que ese fue nuestro destino, la segunda mayor ciudad de Camboya. Durante los años que pasé allí, vivimos en una casa sin techo y a muchos kilómetros del único colegio que por aquel entonces había en la zona. Desde que era muy pequeño siempre soñé con poder estudiar, me apasiona saber cosas nuevas, por eso a los pocos meses de llegar a mi nuevo hogar, y con tan solo 13 años de edad, tuve que abandonar la casa familiar para irme a vivir con los monjes budistas a la pagoda de nuestra aldea, esa era la única forma para que yo pudiera estudiar. Fue una época muy dura para mí, no teníamos dinero y aunque los monjes me proporcionaban comida, la situación de mi familia me causaba una tristeza absoluta, sobre todo cuando mi madre me decía que pasaban varios días sin poder llevarse nada a la boca. Comíamos todo lo que se podía masticar, hervíamos la madera de los árboles, raíces, insectos,…, porque no vivimos para comer, sino que comemos para vivir. Es ahora cuando me doy cuenta de que no debíamos quejarnos de nuestra situación, sobre todo porque teníamos la suerte de comer carne de rata una vez a la semana, sin duda alguna era mi comida favorita, ya que esa era toda la carne que podíamos comer por aquel entonces.

Refugiados en Tailandia 1980 / Foto: Steve McCurry

En 1999, por fin, acabé el instituto y pude vivir todo el tiempo con mi familia. Algunos de mis amigos, prosiguieron sus estudios en la universidad, ese era mi sueño, incluso a día de hoy lo sigue siendo, pero no tenía dinero para poder permitírmelo. Así que no me quedó más remedio que trabajar en la construcción durante unos años, donde me pagaban unos 600 riels al día (0,11€). Al mismo tiempo, estudiaba inglés una hora al día, sabía que ese idioma era imprescindible para mi futuro.

En 2007, decidí mudarme a Siem Reap, algunos amigos me hablaron de que era una ciudad llena de turismo y que podía alquilar un tuk-tuk y así poder enseñar a los turistas la Camboya que yo conozco. Desde entonces, ayudo a mi madre con el poco dinero que gano, pero sin duda alguna, es mi hijo quien más me necesita. Hace unos años conocí a una camboyana guapísima, de la cual me enamoré locamente, meses después, mi chiquitín llegaba al Mundo, ese fue el día más feliz de mi vida, todo cambiaría estrepitosamente en muy poco tiempo. A los pocos meses, mi mujer nos abandonó por un tailandés rico, mi niño vive desde entonces con mi madre, y casi no lo veo, algo que me rompe el corazón.

Camboya es un país donde la educación es un lujo al alcance de muy pocos, las familias se ven obligadas a forzar a los más pequeños a trabajar desde muy corta edad, y no entienden que el futuro de este país pasa porque su población reciba la educación adecuada. A mi por ejemplo, siempre me hubiera gustado ser guía turístico, pero siempre será un sueño inalcanzable. Me gustaría poder explicar nuestra historia a los turistas que visitan este país, la realidad de nuestras vidas, la pobreza, la alegría, las tradiciones, y tener la cultura suficiente para ayudar a los más necesitados de Camboya, aunque las palabras no son suficientes para poder entender el drama en el que viven los más pobres de este país. Camboya no son solo los templos de Angkor, mi país es la mirada de un niño, la sonrisa de un anciano, el llanto de una madre que ha perdido a su hijo, el pescador del Tonle Sap.

Tres años después Johnny sigue perdido, ahora vive en la capital, Phnom Penh, donde predice el futuro a los ingenuos que creen en sus dotes adivinatorias. El alcohol, consecuencia de un pasado maldito, está destrozando el futuro brillante de este joven de 31 años. Sus manos temblorosas, son la seña de identidad de una adicción que algún día le costará la vida. Su relato, un reflejo de una Camboya que todavía paga la consecuencia del horror de los jemeres rojos. Historias como las de Johnny se encuentran en cada rincón de este país, todas las familias perdieron a algún ser amado durante los años de terror de Pol Pot, y es ahora, más que nunca, cuando mi amada Camboya necesita la educación como alimento principal del alma, como el propio Johnny indica en la conclusión de su propia biografía.

Educar a los seres humanos es la mejor manera para que puedan salir de la pobreza. Necesitamos enseñarles a pescar, a cultivar el arroz, a labrarse una vida. No basta con decirles como comerse el pescado, o como cocer el arroz, como la mayoría de las ONGs hacen. Si solamente les enseñamos eso, cual será su futuro cuando Camboya ya no sea un país interesante para las llamadas “organizaciones”. ¿Qué pasará cuando el “negocio de la ayuda humanitaria” ya no sea rentable en mi querida Kampuchea ?

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