Archive | febrero 2011

La guerra de Phum Thmei

A tan solo 70 kilómetros de la montaña donde los ejércitos tailandeses y camboyanos luchan por la posesión del templo jemer, Preah Vihear, se encuentra el “Nuevo Pueblo”, o Phum Thmei como los campesinos allí refugiados lo han bautizado.

Allí 4054 seres humanos intentan sobrevivir alejados de las bombas y disparos que hace días sobrevolaban los tejados de sus hogares. Allí 1535 niños y niñas sobreviven en la anarquía absoluta alejados de libros y cariño. Ellos son la cara oculta de las guerras, las miradas incrédulas de los conflictos, los corazones rotos por las muertes. En sus ojos permanece grabada la huella del miedo, en sus manos las señales de una huida sin destino, en sus pies las heridas de un camino hacia un futuro desconocido. Ellos son los refugiados, almas desterradas sin más futuro que suplicar por una botella de agua, vidas refugiadas al amparo de organizaciones y gobiernos que quieran sofocar su dolor.

Estoy orgullo de haber nacido jemer, reza un cártel en Preah Vihear / Foto: Omar Havana

 

Phum Thmei

Después de una sofocante mañana de calor recorriendo el templo Preah Vihear hablando con soldados que parecían un disco rayado repitiendo el mensaje que sus superiores le habían ordenado decir a la prensa y extranjeros, es hora de cambiar de destino. Es hora de buscar el calor de las miradas de aquellos seres humanos que sufren en silencio. Es hora de cambiar un paisaje repleto de armas, destrucción y desolación por otro mucho más duro, pero sin duda mucho más humano.

Descendiendo la montaña, la mano moviéndose en un adiós sin fin de los soldados contrasta con el rifle tipo-56 que sostienen con la otra, sus amplias sonrisas suponen un respiro a la sobriedad de los antiaéreos 61-K que plagan la montaña sagrada. Pocos minutos después la paz del asiento trasero del Toyota Camri me sirve de improvisado camastro donde echar una cabezadita.

“Omar, hemos llegado”, me dice Naret, nuestro conductor. Sin más tiempo que para acercar la mirada a la ventanilla, unos ojos llaman mi atención, es un chaval de corta edad, está sentando en el arcén de la carretera que une Preah Vihear con Ko Ker. La expresión de su rostro me anuncia que me prepare, lo que veré dentro será algo que nunca había visto antes.

Bienvenido a Phum Thmei / Foto: Omar Havana

 

Un cartel anuncia la llegada a Phum Thmei, las tiendas verdes donadas por el ejército camboyano tiñen de color este paisaje lleno de desolación y tristeza. A mi lado, un buen amigo, un ex soldado camboyano que luchó con los vietnamitas para liberar a este país de Pol Pot, él me sirve de cámara improvisado, de intérprete a tiempo parcial, de contacto con el ejército, en sus manos la diminuta cámara de video parece más un llavero que el aparato que grabará las palabras de los sin voz.

El llanto de un niño llama nuestra atención, su madre mientras sostiene a su bebe, nos concede la primera entrevista. “Llevo varios días aquí, cuando llegas nos hacen que nos registremos y demos nuestros datos, entonces te entregan una tarjeta con tu nombre, y esa es la única forma de conseguir alimentos y agua”, nos comenta mientras las lágrimas empiezan a cubrir su rostro, “yo les di todo lo que me pedían, pero no  me han dado la tarjeta y nadie me da nada de comer o beber, no sé qué puedo hacer más, ellos no me creen”. Su desesperación conmueve a mi compañero, el grababa esta historia mientras yo estaba perdido entre una nube de miradas que buscaban el objetivo de mi cámara. Supe que algo había sucedido cuando lo vi sentado en el suelo, con la mirada perdida en un por qué infinito. “Yo he sido soldado, una noche junto a 18 soldados, corrimos cuando las tropas de Pol Pot nos disparaban, atravesamos un campo de arroz, al otro lado estaba nuestra salvación, al llegar, todos vivos, mi capitán me empujó mientras me gritaba que si estaba loco, no entendía nada, ¡me acababa de salvar junto a 18 soldados más!. Lo entendí cuando mi capitán lanzó una piedra hacia aquel campo de arroz, y aquello empezó a explotar. Había estado corriendo durante más de diez minutos en un campo de minas, entonces me gané el respeto de mis compañeros”, me cuenta. “Ahora veo que una mujer lleva varios días sin comer, y que los soldados están aquí para ayudarles y sin embargo no les dan de comer si no tienen la tarjeta, yo luché para ayudar a mi país, y ver cosas así no me gustan y me hacen estar triste”, finaliza. La sensibilidad de las palabras de esta mole de músculos de más de 120 kilos de peso me conmueve, sé que habla con el corazón, esa es su única vía de expresión, hasta que la sonrisa ocupa su cara por completo, y me anima a seguir, “vamos que hay muchas más personas”.

No tiene tarjeta desde hace varios días / Foto: Omar Havana

Según recorremos el campamento, el pánico de las miradas se mezcla con incredulidad y sorpresa, son todos campesinos de una de las más pobres zonas de Camboya, no están acostumbrados a ver a extranjeros. Los que chapurrean inglés se acercan, quieren enseñarme que saben el idioma de Shakespeare, “hello sir, where are you from?, you come to help? Thank you Sir, Thank You”, me repiten una y otra vez, todos se piensan que pertenezco a una de las organizaciones allí presentes, que vengo a sofocar su sed, y que soy americano. La dulzura de su ignorancia contrasta con las miradas de los soldados que se apresuran a descargar un cargamento de arroz y agua donado por la Cruz Roja Camboyana, dos sacos de 50 kilos cada uno llenos de arroz y 24 litros de agua por tienda me dice uno de los cientos de espectadores allí presentes.

Bajo los tanques de agua que ha donado Caritas, casi siempre presente en este tipo de situaciones, dos niños llaman mi atención. Duermen ajenos a todo lo que sucede alrededor, desnudos sobre esterillas son comidos por los cientos de mosquitos que habitan en este lugar. Su padre nos invita a pasar a su tienda, donde nos explica que ocho familias duermen en cada una, en total unas 50 personas en un espacio de 7metros de largo por 4 de ancho. Sigo caminando, la vida discurre como si de un gran mercado camboyano se tratara. Todo está a la venta, fruta, cigarros, bebida, agua, refrescos, pero sin embargo la escasez de agua se hace notar. “Solo tenemos el agua suficiente para beber, y muchas veces ni para ello, tenemos que ir a uno de los pozos que hay en el campamento y sacar de allí, pero no podemos ducharnos, algunos lo hacen, pero necesitamos más agua”, nos confiesa una familia, mientras miran embelesados como algo parecido a unos mejillones que han capturado en un río cercano se cuecen, no creo que lleguen ni a un cuarto de mejillón por boca, y su olor, mientras tanto, sirve de improvisado alimento con el que complacer sus estómagos.

Foto: Omar Havana

 

Junto a los meaderos oficiales del campamento, las voces de una veintena de niños capturan mi atención. Bajo una tienda de intenso color rojo, chavales de edades comprendidas entre 7 y 17 años intentan componer un mapa situando los lugares desde donde han llegado y donde están las diferentes ciudades de Camboya. Aquí Save The Children, ha montado una improvisada escuela donde según me confiesa In Titya, coordinador asistente de programas de Save The Children en Camboya, “en el campo de refugiados no hay escuelas, aquí ayudamos a 151 niños con actividades para que se mantengan ocupados. Hay varias organizaciones ayudando y también compañías privadas, Bayon TV ha donado varias tiendas, Caritas está donando tanques de agua y está haciendo muy buen trabajo, World Vision también está presente, y luego otras que dan a las familias 5000 rieles por día ($1,25) y cuatro paquetes de noodles”, me confiesa. “La situación es un poco preocupante, falta agua, y no sabemos cuánto tiempo tendremos que estar aquí” finaliza.

Nos acercamos a la plaza principal, donde una casa parecida a un cuartel domina la entrada. Allí se apilan cientos de paquetes que contienen la donación que la Cruz Roja Camboyana ha destinado a las familias refugiadas en Phum Thmei. Los soldados se mueven a toda prisa con sacos de 50 kilos de arroz a sus espaldas, mientras en otro lado una cadena de reclutas descarga las cajas de agua. El número de espectadores ha aumentado, recordemos que en este país es normal que cinco siempre permanezcan en cuclillas mirando como un trabaja, aquí trabajan muchos más y encima visten de uniforme. En la lejanía una niña mira hacia el horizonte azul de cajas de cartón que envuelven ese líquido tan deseado, un niño desnudo de unos siete años de edad mira embelesado el uniforme militar, mientras las sonrisas y los juegos de miradas no paran de coquetear con mi cámara, todos quieren salir en la foto.

 

Foto: Omar Havana

 

Un sol rojo sangre nos anuncia el ocaso de la jornada, nos esperan más de cuatro horas de camino de vuelta por carreteras no asfaltadas y lugares perdidos en el mapa, y nuestro conductor, Naret, no es tampoco que digamos Fernando Alonso, aunque se lo crea. Aceleramos nuestra marcha, en el camino, los niños juegan en las largas calles que parten este pueblo. Las mujeres, como gallinas en una jaula, ondean sonrientes la tarjeta amarilla que les permite obtener agua para su familia, todas esperan con entusiasmo, sentadas en el suelo casi unas encimas de otras, “merece la pena estar aquí más de 3 horas para que nos den un litro de agua para mi familia”, nos dice una sonriente madre, “yo tengo 4 hijos y un marido”, añade.

Ellas sin tienen tarjetas / Foto: Omar Havana

 

De visita obligada es la tienda del hospital, por llamarlo de alguna forma. Allí una de las enfermeras, nos explica que sobre todos los ancianos y los niños están sufriendo enfermedades de diversa consideración, “los casos más comunes son altas fiebre y diarreas entre los más jóvenes y los más mayores. Tenemos desde bebés de tan solo meses de edad, hasta personas de más de 70 años entre los residentes en el campo”, nos confiesa. “No tenemos medios suficientes, podemos donar algo de paracetamol o pequeñas inyecciones, pero en casos de mayor importancia, trasladamos a los pacientes a los “hospitales” más cercanos en los camiones de la Cruz Roja que están aparcados fuera del campamento”.

Emprendemos el camino de salida de Phum Thmei, sé que será mi última oportunidad de grabar todo lo que veo en mi mente, a paso lento me fijo en cada detalle, en cada mirada, en cada persona. Ese pijama tan utilizado en Camboya para la vida diaria, aquí parece un uniforme de uso “obligatorio”. Es hora de intentar empezar a cocinar la cena, los olores se mezclan produciendo un hedor intenso que hace mis ojos llorar. Los niños apuran sus últimos minutos de juegos antes de que el ocaso del día los obligue a estar en casa. La carretera se ha convertido en un improvisado campo de canicas donde decenas de chavales juegan sin parar a pocos metros del inmenso trasiego de coches y camiones de la zona. A pocos metros de nuestro coche, aparcado en el lado opuesto de la calzada, un fuego provocado destruye los pocos árboles que quedan en la zona. El ejército, en previsión de lo que pueda pasar en el conflicto, está allanando el paisaje, para posiblemente alojar a más personas en caso de que sea necesario. En medio de tanta humareda, una niña mira ajena a pocos metros de las llamas como el “camión de bomberos”, si se puede llamar así, lanza el agua hacia el lado contrario, momento en el que decenas de niños aprovechan la ocasión para darse esa ducha que tanto echan de menos.

Foto: Omar Havana

 

Un último cigarro mientras un intenso sol rojo nos da las buenas noches. Una última mirada al “Pueblo Nuevo”, a esos seres humanos que se han visto forzados a desertar de sus hogares, huyendo del sin sentido de las armas, de la barbarie de la corrupción, del negocio de la Guerra. Muy lentamente el paisaje empieza a moverse detrás del cristal de mi ventanilla, el silencio acompaña los metros en los que nos despedimos de las decenas de niños que nos dicen bye bye. Phum Thmei queda detrás ya de nuestro vehículo, a la lejanía se ve como uno más de los pueblos camboyanos que se difuminan en el paisaje camboyano formando un cuadro perfecto.

La noche se apodera del país de la sonrisa eterna, la paz de la oscuridad solo se ve interrumpida por los miles de baches que este camino de tierra que llevamos horas cruzando tiene. A través de la ventanilla, el negro de los campos solo se ve iluminado por pequeñas velas que anuncian la presencia de un hogar. En el reflejo del cristal, pasan miradas a toda velocidad, son los ojos de los 4054 seres humanos que me dicen que no quieren ser olvidados. Junto al reflejo de mi cara, esas miradas me comprometen con otra realidad olvidada que no conocía hasta el día de hoy.

Siempre fue mi sueño ser fotógrafo de guerra, siempre pensé que sería la mejor forma para poder luchar por esa paz tan soñada. Poco a poco esa guerra se ha ido acercando a mí, y es solo cuando he estado al lado de ella cuando me he dado cuenta que la guerra que quiero contar es aquella que llevo fotografiando desde hace más de diez años en mis innumerables viajes. Esa guerra es la mirada de un niño pidiendo ayuda, es el llanto de una madre buscando a su familia, es la desesperación de un padre que lo ha perdido todo. Lejos de disparos, y lejos de hacer propaganda a esas compañías que se enriquecen en el negocio más lucrativo del Mundo, la venta de armas, hay otras historias, las de aquellos que no tienen voz, las de los seres humanos a los que se les obliga a desertar, esa otra guerra que no da titulares, esos otros conflictos que solo sirven para que muchos de nosotros solo sintamos pena por la desgracia de unos pocos a miles de kilómetros de nuestras casas.

36.460.306 es el número del año 2009 según el ACNUR de refugiados, apátridas, solicitantes de asilo, desplazados internos, refugiados y desplazados internos,  y otras personas de interés que hay en el Mundo. De estos más de 10 millones están en África, 18 millones en Asia, más de 3 millones en Europa, casi 4 millones en América Latina y el Caribe, casi 600 mil en América del Norte, 38 mil en Oceanía, y  solo 25 en otros lugares.

La Mirada de un Refugiado / Foto: Omar Havana

 

Hoy estuve con casi 5000, este artículo, es mi homenaje a sus vidas y mi promesa de que nace un nuevo compromiso en mi trabajo, un nuevo grupo de seres humanos a los que Mundo Olvidado y este humilde servidor intentarán dar la voz que se merecen, los nombres de estos cinco mil quedan ocultos en estas letras, mientras retumban dolorosamente en el recuerdo de esas miradas que no puedo quitarme de la cabeza.

Hoy ha comenzado otro conflicto, la Guerra de Phum Thmei…

 

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Los amigos de Gaddafi

Libia vive horas de dolor y muerte. El mundo árabe a dicho basta a sus perennes dirigentes, mientras Muammar al-Gadaffi se proclama mártir de la revolución libia, “yo no me iré con esta situación, moriré como un mártir” ha sentenciado el dictador africano.

El pueblo libio ha dictado sentencia / Foto: EFE Archivo

El pueblo libio ha dictado sentencia / Foto: EFE Archivo

Muammar nació un 7 de junio de 1942 en un campamento beduino cerca del puerto de Sirte, cuando todavía Libia se llamaba la Noráfrica Italiana. Un joven Gadafi, militar de academia, hizo suyo el sentimiento que más unía a la sociedad de su país, el anticolonialismo, teniendo como héroes al Che Guevara y al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser.  Era solo un capitán ese 1 de septiembre de 1969 cuando subió al poder en el Golpe de Estado contra la monarquía de su país, siendo casi un don nadie por aquel entonces, un grupo de amigos golpistas lo eligen como Presidente de Libia, aunque oficialmente no ocupa ningún cargo público, se le atribuye el título honorífico de “Líder de la Revolución” o “Hermano Líder y Guía de la Revolución“, según declaraciones del gobierno y funcionarios de prensa.

Gadafi siempre se ha caracterizado por un carácter bastante peculiar, ataviado de unas estrambóticas túnicas, y acompañado por una legión de guardaespaldas femeninas se ha atrevido hasta a crear su propio Premio a favor de los Derechos Humanos, el Al-Gadaffi International Price for Human Rights, vamos una burla para los derechos humanos, entre los ganadores, sus grandes amigos, Fidel Castro, Hugo Chávez o Daniel Ortega.

Debido a las grandes reservas de petróleo de Libia, Gadafi siempre ha tenido fácil el camino para alcanzar acuerdos económicos con otros países, supuestamente democráticos pero que apoyan dictaduras como la de este país del Norte de África.  Conviene recordar que intentó fusionar Libia con Egipto, Siria, Túnez y Sudán, que invadió Chad, que respaldó a los tres tiranos más sangrientos del África de después de las colonias (Bokassa, Idi Amin y Mobutu), que financió sin discriminaciones ideológicas a cualquier grupo guerrillero o terrorista que le pidiera , y que participó en casos de terrorismo como el atentado contra el avión de la Pan Am en 1988.

Cuarenta años después de que subiera al poder, son muchos los Gobiernos que se suben al carro del populismo, y condenan, con moderación, las actuaciones de Gadafi, naciones que no hace muchos meses firmaban acuerdos millonarios de venta de armas al Gobierno de este Dictador. De todas las relaciones de Gadafi, destaca la que mantiene con su homónimo italiano, Silvio Berlusconi, y no precisamente por haber tenido un papel destacado en su nueva película “Bunga Bunga Presidente”, sino por la fuerte dependencia del país transalpino a las reservas de gas y petróleo del país africano, el grupo italiano de energía Edison adquiere gas libio por un total de 4.000 millones de metros cúbicos al año.

Pero no solo el Gobierno del polémico Berlusconi tiene buenas relaciones con el General Gadafi, sin ir más lejos, nuestro país, España, mantiene relaciones cordiales con Libia desde los últimos años de Franco. Son muchos las reuniones entre Presidentes de España, como Zapatero o Aznar con el dirigente libio, incluso la familia real. Sarkozy, Condoleezza Rice, Obama, Lula Da Silva,  Daniel Ortega, Ban Ki Moon, Tony Blair, Gordon Brown, y una lista interminable de dirigentes mundiales se encuentran entre los “amigos” de Gadafi.

Relaciones peligrosas que no extrañan a nadie a sabiendas de que Europa ha sido el principal suministrador de armas de Libia en los últimos años, según datos del Gobierno estadounidense. Entre 2006 y 2009, los países europeos vendieron al régimen de Gadafi armamento por 1.400 millones, la UE concedió en 2009 licencias para exportar hasta 343 millones de euros en armas al régimen de Muammar, según datos del mes pasado. Italia y Alemania fueron los países que autorizaron un volumen mayor de exportaciones, aunque los datos no son públicos en casi ningún país. El primero concedió licencias para exportar aviones militares por 107 millones de euros. Alemania, por su parte, lidera la venta de material de interceptación electrónica, con 43 millones, seguida de Reino Unido, con 20. Unos meses antes de las protestas, Reino Unido autorizó la exportación de rifles para francotiradores.

España desde 2005 ha vendido a Libia armas por 10,7 millones de euros, según las cifras que maneja la Secretaría de Estado de Comercio. En 2006, España vendió a Gadafi armas de cañón “con un calibre igual o superior a 20 mm” por valor de 25.953 euros. Dos años más tarde, empresas españolas exportaron material clasificado como “bombas, torpedos o cohetes” por más de tres millones de euros. Según fuentes de Comercio eran “lanzagranadas”.

Los últimos datos conocidos, correspondientes al primer semestre de 2010, apuntan a que España exportó en ese periodo piezas de aeronaves militares por 3,3 millones y equipos de visión nocturna por otros 3,5. Las empresas españolas se habían comprometido con las autoridades libias para la venta de otros dos visores nocturnos, pero Comercio ya ha iniciado el procedimiento de revocación de esas licencias, según la Ley 53/2007, las ventas serán denegadas cuando el país de destino se vea involucrado en cualquier tipo de enfrentamiento armado, o cuando haya constancia de que pueda vulnerar los derechos humanos.

La hipocresía de gobiernos como el español, que se escudan tras leyes sin sentido como la 53/2007, queda una vez más puesta de manifiesto. Las armas, sean o no vendidas en época de conflicto armado, siempre van a vulnerar los derechos humanos, ese es el fin para la que están creadas. No vale con solo prohibir su venta a un país después de que un Gobierno este aniquilando indiscriminadamente a su población. Gobiernos como el americano, el francés o el alemán, basan gran parte de su política al negocio más lucrativo del siglo XXI, la venta de armas.

Gobiernos democráticos que apoyan dictaduras en otros países con la vida de seres humanos como moneda de cambio. De qué sirve que el gobierno de Zapatero termine hoy con la venta de armas a Libia, si como indica un informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), España es el octavo país que más armamento pesado exportó entre 2005 y 2009. Sólo contando las armas vendidas en 2009, se situaría en el sexto puesto. En 1996, España ocupaba el puesto 16. El principal producto armamentístico vendido por el Gobierno son barcos, seguido de aviones de carga, sensores y vehículos blindados.

España ocupa el 8 Lugar / Foto: SIPRI

España ocupa el 8 Lugar / Foto: SIPRI

Según la base de datos del SIPRI, entre 2008 y 2009 el país que más armamento recibió de España es curiosamente EEUU, el mayor exportador. En estas estadísticas no aparece la venta de armas ligeras a Israel en 2008. El Gobierno proporcionó a los israelíes seis meses antes de la invasión de Gaza un lote valorado por más de 1,5 millones de euros en pistolas, ametralladoras, fusiles, cámaras, equipos de infrarrojos, etc, como para luego condenar los ataques a la población de Gaza, que dirían algunos mientras se frotan las manos con un negocio tan redondo.

Quizás el final a las guerras seria el final de la venta de armas, una utopía en un Mundo en decadencia, donde el negocio de la guerra movió en 2009 más de 400 mil millones de dólares, demasiados billetes como para no pensar en sacar provecho pensaran los dirigentes que nos gobiernan. Mientras otras guerras en silencio se luchan en otras partes del Mundo, el hambre, la sed, la injusticia, la corrupción, todas ellas son conflictos de los que no escuchamos, guerras de las que los Gobiernos no hablan, como me dijo alguien un día, “no sé por qué los EEUU se empeñan en hablar de la III Guerra Mundial, cuando llevamos años sufriéndola, el Hambre es esa Guerra”, sabias palabras para quizás esos “amigos de Gadafi” que aunque cancelen los acuerdos de ventas de armas con Libia, siguen financiando el terror buscando nuevos amigos en Mundos Olvidados.

Los Amigos de Gaddafi:

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Preah Vihear: las ruinas del conflicto armado entre Tailandia y Camboya

Corría el año 1981, cuando un tal Tejero hizo que por primera vez en mi vida entendiera que los tanques y los soldaditos de plomo con los que solía jugar en casa de mis primos también existían en la vida real. Entonces no llegaba a los 6 años de vida.

Han pasado justo 30 años y curiosamente, el mismo día 23 de Febrero en el que un grupo de locos intento instaurar el miedo en mi país, me veo de nuevo con los tanques y el ejército a pocos metros de mí. Solo hace unos meses visite este lugar como un turista más, la amabilidad de los soldados me conmovió por aquel entonces, ahora las miradas de esos valientes camboyanos, los cuales hace tan solo cinco meses tarareaban “Redemption Song”, del gran Bob Marley, al compás de la música de mi amigo, Levi “el revolucionario capitalista”, habían cambiado, había tensión en sus rostros, y huían del objetivo de la cámara como si de un arma tailandesa se tratara.

Redemption Song en Preah Vihear / Foto: Omar Havana

“Nos gustaría contar lo que pasa, pero nuestros superiores nos han dicho que a la prensa y a los extranjeros no le digamos toda la verdad de lo que pasa”, afirmaba uno de los soldados, mientras nos hace de guía improvisado, a mi compañero de mi viaje, un ex soldado camboyano que lucho del lado vietnamita para liberar este país del régimen de Pol Pot. “Lo único que puedo deciros es que todas las noches, los tailandeses abren fuego contra nosotros, aunque no respondemos. Están dañando el templo y han matado a varios soldados camboyanos”, replica.

La paz de este sitio es increíble, los pájaros cantan, y el silencio es la banda sonora de estas palabras que se mezclan con el olor de un campo que ha sido arrasado por la munición tailandesa. De repente, la señal del CMAC, grupo de desactivación de minas, nos anuncia que debemos quizás tener un poco más de cuidado por donde andamos. Son muchas las marcas rojas que nos indican que hay un explosivo activo, aunque aún más sorprende ver este mismo color acompañado de la clásica calavera, en el interior de la pagoda del complejo de Preah Vihear, a tan solo unos 15 metros de la bandera por la que este conflicto empezó, la cual sigue hondeando acariciada por el viento de este místico lugar. En las pasadas fechas, fuentes tailandesas afirmaban que no había dañado las ruinas jemeres, algo que desde luego está muy apartado de lo que mis ojos pueden ver.

Bombas sin explotar dentro de la Pagoda en Preah Vihear / Foto: Omar Havana

Según avanzamos, los soldados se empeñan en mostrarnos todos los lugares donde ha caído la munición tailandesa: las escaleras, alrededores, e incluso los propios muros de algunos de los templos del complejo jemer. La soledad que reina esta vez en este paraíso arquitectónico, contrasta con la alegría con la que los soldados mezclados con pocos turistas desprendían en el pasado otoño de 2010. Donde, por aquel entonces, los niños correteaban disfrazados de soldados adultos por las piedras, hoy los búnkeres improvisados han dejado una imagen de sobriedad difícil de encontrar en este país de sonrisas.

Al llegar al acantilado, las cosas se ven más claras, desde allí mi guía-soldado me explica desde donde los tailandeses atacan todos los días, una bandera con sus colores nos indica la frontera enemiga. De repente, una voz en perfecto inglés me interrumpe, se trata de  “Su Excelentísimo”, como aparece anunciado en internet, Kem Kunavath, miembro del comité central del CPP, partido del Primer Ministro Hun Sen.

Kem Kunavath ( con gorra blanca y camisa marrón ) / Foto: Omar Havana

Se presenta haciéndose pasar por un reportero de la Televisión Nacional, y dice que están haciendo un reportaje, sus cámaras no paran de grabarme mientras ando despacio al borde del acantilado de casi 700 metros, que permite ver la insólita belleza de este país. Acompañado por un equipo de la televisión de la que también es Director General, TVK, un canal al completo servicio al Gobierno de Hun Sen, recorre el complejo de la montaña filmando los destrozos que los M-46 tailandeses han causado en las ruinas del templo jemer. Nos paramos allí donde es más presente el daño, uno de los muro traseros de la pagoda principal está derrumbado casi en su totalidad, en sus proximidades varios restos de metralla de los proyectiles calibre 130mm lanzados por los M-46 tailandeses, o mejor dicho, la clase 59-1 ahora de manufacturación china, de la que Tailandia posee un total de 15. Las señales del CMAC aparecen de nuevo, es momento de sentarse, y descansar del intenso calor que en esta mañana casi no nos deja respirar. Es entonces cuando Kem Kunavath comparte unas palabras conmigo aunque se niega a ser fotografiado y la pistola del guardaespaldas que no se separa de nosotros no es como para tentar a la Diosa Fortuna, es ahí donde me afirma: “no entiendo por qué Tailandia reclama el templo, somos hermanos y no deberíamos luchar, sino más bien trabajar juntos, todas las noches los tailandeses abren fuego, están destruyendo este lugar sagrado para los camboyanos, mientras nosotros no abrimos fuego, no tenemos por qué hacerlo, Preah Vihear es de Camboya”. Apoyado en uno de los muros del templo me señala el lugar donde uno de los soldados camboyanos cayó muerto, “su sangre todavía permanece sobre las antiguas ruinas”, me afirma, mientras mis ojos lo constatan. Es entonces cuando se interesa por saber qué hace un periodista extranjero en la cima de la montaña, “no muchos han subido aquí desde el empiece del conflicto en total no más de diez, pero sin duda, creo que eres el primero en pisarlo desde que la paz durante el día reina en la zona”, me afirma, mientras se sorprende de que hable un poco el idioma local, es entonces cuando se despide, acompañando sus palabras de una enorme sonrisa me afirma: “después de tres años viviendo en este país, te has convertido en un camboyano más, eso es seguro. Buena Suerte”, algo que como le conteste, “eso espero”.

Mancha de sangre de uno de los soldados muertos / Foto: Omar Havana

Es hora de intentar acercarse a la línea que separa ambos ejércitos, área por el que hace cinco meses andaba como “pedro por su casa”. Hoy los soldados que tan dispuestos estaban a posar juntos a sus rifles de asalto, los tipo 56, la copia china del mítico Kalaschnikov ruso, se ocultan del objetivo de la cámara. La presencia de un extranjero les inquieta, pero aún más el saber que uno de los miembros del CPP no les quita los ojos desde su todoterreno blanco. No me permiten acercarme a más de 10 metros de ella, desde aquí se pueden contemplar los bazocas chinos apostados juntos a las improvisadas trincheras camboyanas. Los soldados, descansan en sus hamacas como si nada fuera con ellos. A pocos metros, lo que antes era el punto de venta de refrescos, tabacos y demás vicios para los turistas que visitaban el templo, hoy se ha convertido en un improvisado casino donde los reclutas dejan a las cartas los pocos rieles que ganan por defender su país.

Las bandera de la discordia / Foto: Omar Havana

Ante la imposibilidad de sacar información de este mudo batallón de bravos camboyanos decido poner fin a mi “visita” al templo Preah Vihear. Recostado en uno de los árboles de la entrada, recapitulo en mi cabeza todo lo que en estas casi 4 horas he visto, escuchado o sentido. Un sonido familiar en este país me interrumpe, “sir money”, es el mismo soldado que me ha hecho de guía impuesto el que me pide algo de dinero por su “trabajo”, la oportunidad perfecta para sacar la información que me falta, pienso, aunque a este ni un billete de 50 dólares le saca unas palabras diferentes al discurso que le han hecho aprende de carrerilla. Un cartel agujereado por los tailandeses me da la despedida, “orgulloso de haber nacido jemer” reza.

Nacido jemer / Foto: Omar Havana

Dos motos nos esperan para bajar por la nueva carretera en construcción hasta el pueblo de Svay Chrum, mientras intento seguir grabando sin morir en el intento, las cuestas tienen desniveles bestiales, los soldados apostados en sus casetas me dicen adiós, ahora sus sonrisas relajan sus caras. Mirando a la derecha, parece mentira que un templo de hace cientos de años en esta pacífica y selvática montaña mantenga en vilo a la población de estos dos países. Mirando hacia a la izquierda, los búnkeres, uniformes militares y los rifles de asalto tipo 56, los antiaéreos 61-K, y demás armas de la “paz” te recuerdan la locura que es vivir en países donde la palabra de los ciudadanos en ignorada, donde el pueblo se pone al servicio de la política para defender “propiedades” diferentes a las que anuncian normalmente la mayoría de diarios internacionales.

Despedida de Preah Vihear / Foto: Omar Havana

El silencio se apodera de nuestros primeros diez kilómetros con destino el campo de refugiados de Phum Thmei, en el distrito de Kulen. Dentro ya de un destartalado Toyota Camri, conducido por Naret, un soldado del Regimiento 51, y disfrutando de un espléndido aire acondicionado que enfría las quemaduras que el abrasante sol ha dejado de recuerdo en mi piel, no paro de pensar en los contrastes en esta zona del Mundo. Esta mañana tomaba café en una ciudad repleta de turistas en busca de emociones en los templos de Angkor, tan solo a tres horas de mala carretera, dos países se apuntan mutuamente con armas de fabricación china, rusa, americana, francesa, israelí, italiana, alemana, y en tan solo 45 minutos estaré en un campo con más de 5000 refugiados, una vez más esto es Camboya.

Tras una pequeña siesta, cansado de una panorámica llena de tanques, carros acorazados, regimientos militares y soldados, Naret nos anuncia que hemos llegado al “Pueblo Nuevo”, Phum Thmei.  Nada de lo que me podía haber imaginado, se asimilaba a lo que mis ojos vieron nada más salir del coche.

Entonces y solo entonces, comprendí. Llevaba más de seis horas en la cima de Preah Vihear intentando sacar una buena imagen que interesara a esos medios de comunicación internacional que solo se empeñan en anunciar sangre y destrucción. Pero el instinto de un fotógrafo es diferente, algunos lo dan todo por la moda, otros por los reportajes de boda, aunque todos aprietan el botón con el corazón. En ese mismo instante, donde los primeros ojos de un niño refugiado entraron en mi visor, mi corazón se encogió, y como por instinto cada vez que sucede esto mi dedo índice siempre aprieta ese botón que inmortaliza un instante de la vida de sufrimiento y la tristeza de unos ojos que han sido obligados a desertar.  Es desde este mismo momento, desde cuando el conflicto bautizado como Preah Vihear, se grabará en mi mente como la “Guerra de Phum Thmei”.

Han pasado 30 años desde que ese niño jugaba a dominar el mundo con sus soldados de plomo, hoy los tanques son reales en el país en el que vivo, los soldados se mantienen atentos, y los ciudadanos como mi compañero de viaje, no duda en afirmar que empuñarían un arma si los tailandeses entran en Camboya. Han pasado muchos años desde que las guerras que la industria americana del cine nos vendía fueran “mis guerras”.

Las guerras no son más que discusiones políticas de quien tiene más o menos, de quiero tener más y no sé cómo hacerlo, de estúpidos engreídos que juegan con los seres humanos como yo jugaba de pequeño con aquellos tanques en la casa de mis primos. En el conflicto entre Camboya y Tailandia, la solución será como siempre suele pasar en estos casos: habrá un alto el fuego permanente que será roto cuando uno de los dos países vuelvan a tener problemas más graves de fondo como es el caso en estos momentos. Tailandia no quiere cejar en su intento por recuperar la soberanía perdida en Preah Vihear, saltándose a la torera las decisiones de 1962 del Tribunal Internacional de la Haya, basados en tratados de la época de las colonias francesas, intentan un imposible. Camboya espera, Preah Vihear es camboyano, y seguirá siendo jemer pase lo que pase, en este caso la táctica del Primer Ministro Hun Sen está dando sus frutos, es solo hora de esperar a que su homónimo tailandés, Abhisit Vejjajiva haga caso a la razón y ordene un alto al fuego incondicional, ratificando los acuerdos de 1962, donde se le daba a Camboya la soberanía sobre este templo, obra maestra del Imperio Jemer.

Campo de Refugiados de Phum Thmei / Foto: Omar Havana

Aunque la guerra verdadera, esa que no sale en las primeras páginas de los medios de comunicación, es la que sufren los millones de refugiados que estos conflictos sin sentido producen, ayer estuve junto a 5000 de ellos, su vida, sus historias, su guerra, será contada en un próximo artículo.

Fotografías del Campo de Refugiados de Thmei, Camboya

Conflicto entre Tailandia y Camboya por el templo Preah Vihear

Campo de Refugiados en Thmey, Camboya / Foto: Omar Havana

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

 

Campo de Refugiados en Thmei, Camboya / Foto: Omar Havana

Fotografías: Omar Havana 22.02.2011 omarhavana@mundoolvidado.com

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