Los Ojos de la Guerra

“Las cifras de muertos, de huérfanos, de desplazados no dicen nada, pero si conoces su historia personal entiendes lo que es la guerra. Y la guerra no son las declaraciones oficiales, la guerra es la gente que vive atrapada en los bombardeos”, afirma Hernán Zin, uno de los más grandes reporteros de guerra de la actualidad.

A todos los que hemos mirado de frente a la guerra se nos encoje el corazón en ese abismo de recuerdos imborrable que recorremos diariamente. Soñamos, quizás hipócritamente, con la paz, con mejorar el mundo, y sin embargo, nuestra mente, nuestra alma, nuestros ojos no pueden dejar de mirar en esa dirección llena de muerte y destrucción. Muchos son los sacrificios, pocas las recompensas, una vida dedicada a contar las historias que la mayoría no quieren mirar, y al final de ese camino, en ese regreso a nuestros hogares, la incomprensión como mejor compañera nos recibe con un efímero abrazo silencioso.

Atrás se han quedado compañeros, historias, sonrisas, momentos compartidos con seres humanos que llenaron de vida nuestros infiernos. Con cada uno de ellos se va algo de nosotros, en cada uno de ellos se refleja el destino de esta profesión, y cada uno de ellos murió estando allí, en ese lugar reservado solo a un puñado de locos llenos de cordura. “Mientras, en tu corazón cambian algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimientos. Pero eso ocurre después. Digan lo que diga quienes no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio”, afirmaba Pérez Reverte.

Soyapango, 1989 / Foto: Gervasio Sánchez

Ellos son los ojos de la guerra, esa mirada sin la cual el Mundo alejado de conflictos estaría ciego, ellos son los que dan voz al silencio, los que ponen cara a la muerte, los que dibujan una verdad oculta, los que narran las injusticias de un universo violento. La mayoría no han disparado en su vida, pero conocen a la perfección el sabor de la pólvora, el sonido de los morteros, el tacto de la sangre, la mirada del infierno, el olor de la muerte. Sus nombres anónimos quedan en manos de esos medios de comunicación, de esos personajes encorbatados que deciden detrás de sus resplandecientes escritorios que es y que no es información relevante. Cuántas historias se han quedado en cajones olvidados, cuántas vidas se han perdido entre un montón de folios abandonados, y sin embargo, allí siguen, luchando sin ningún arma, batallando porque la verdad sea conocida,  guerreando para poder ser publicados. “Si mañana hay un atentado en Kabul, las televisiones o los diarios enviarán a un periodista para que entre en directo y diga ‘estoy aquí ‘. Al día siguiente lo traerán de vuelta a casa, para no gastar dinero, y ese periodista no tendrá ni idea de lo que realmente ocurre en Kabul. Si quiere saber qué pasa allí, necesita mucho más tiempo. Pero las empresas informativas no están dispuestas a gastar dinero y por eso están cerrando corresponsalías en todo el mundo”, afirma Olga Rodríguez, una de las mejores periodistas españolas en la actualidad.

Libia 2011 / Foto: Missam Saleh / European Pressphoto Agency

O te matan o te haces una reputación, en esto consiste este oficio, y sin embargo, sus nombres siguen perdidos en el abismo de una profesión que no les da el lugar que merecen. Desde William Howard Russell, el primero y el más grande de los corresponsales de guerra, como afirmó Manu Leguineche en el libro que da título a este artículo, hasta Chris Hondros, Tim Hetherington y Anton Hammerl, últimos periodistas muertos en una guerra ( Libia ), pasando por los “BraBos” freelance, todos , sin excepción alguna, han tenido que “sortear la censura de turno, la incomprensión de sus jefes, las limitaciones de espacio del periódico o la dictadura de la audiencia, que a lo mejor prefiere ver Gran Hermano “ como afirma Jon Sistiaga.

En esta profesión “a veces basta que la persona vea una cámara para que se ponga a cortar un cuerpo. Porque no hay que negar que la guerra es un poco una pasarela de modelos que juegan a quién es el más bestia, donde al final el mejor es el más malo y quien más condecoraciones tiene”, afirma el gran maestro de muchos, Gervasio Sánchez. Porque en la guerra quien más importa es el que está vivo, en ese desfile de muertos y sangre lo complicado es fotografiar a ese niño sonriendo que nunca saldrá en un titular de prensa, lo que menos interesa es esa vida en medio de un infierno lleno de ese morbo que esta sociedad busca sin cesar.

Refugiados Libios / Foto: Omar Havana

Quizás solo seamos un puñado de locos incomprendidos, o quizás solo seamos yonquis de esa adrenalina que se experimenta al escuchar disparos por primera vez, o quizás solo sea simplemente el amor por la “profesión más bella del Mundo”, como decía el incomparable Miguel Gil. Sea lo que sea, las guerras seguirán existiendo. Sea como sea, seguirán muriendo compañeros. Sea lo que sea, seguiremos poniendo nuestra vida en el límite de la muerte. Sea como sea, seguiremos siendo esos locos a los que resulta casi imposible comprender, esos que bromean con la muerte, esos especialistas en humor negro, esos que al volver a casa no disfrutaran del calor de un hogar, pero sea como sea, sin duda alguna, siempre querremos seguir siendo “los Ojos de la Guerra”.

“Los actos de los hombres duermen en la memoria de sus amigos. Nunca olvidaremos que tú eras uno de los imprescindibles, al igual que tus imágenes eran las mejores. Con tu muerte, quienes te conocíamos y queríamos sentimos un gran vacío, y algo de nosotros ha muerto para siempre”. Gervasio Sánchez, texto extraído del libro “Los Ojos de la Guerra”, dedicado a uno de los más grandes corresponsales de guerra, el español Miguel Gil, muerto en el año 2000 en Sierra Leona.

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4 responses to “Los Ojos de la Guerra”

  1. Pituskaya says :

    Precioso y emotivo articulo. Pero tengo una pregunta para los periodistas: entiendo, sin ser periodistas, el vacio que podeis sentir aqui, pero solo es posible en lugares en guerraencontrar esa sonrisa que reconforta? Se que son muchos los lugares en guerra, o represion, pero creo haber encontrado esas miradas y sonrisas, que hacen, no que mi vida merezca la pena, sino que el mundo merezca la pena, y haberla encontrado en lugares donde la guerra no es como la cuentan los periodistas, la guerra es subsistir cada dia, pero forma tanto parte de la cotidianidad, que nadie allii te diria que libra una batalla. Saludos

  2. Amaia López de Munain says :

    No sabes hasta donde me llega hoy éste artículo.
    Hoy cuando se cumplen seis días de mi regreso y me doy contra las paredes porque veo que no quiero ni puedo aguantar aquí siendo espectadora de palco.
    Dicen de nosotros que estamos locos, que si no vemos el peligro, que cuándo sentaremos la cabeza.
    Estamos locos por amar nuestro oficio? por supuesto que vemos el peligro, por supuesto que sentimos miedo, Hoy apuntaba Sistiaga en una entrevista en El País “En las guerras me cago de miedo, por eso estoy vivo”, y suscribo sus palabras.
    Pero sinceramente siento más miedo al regresar a casa y ver en lo que nos estamos convirtiendo, me es imposible no hacer comparaciones, y el rechazo me impulsa a querer regresar allá donde una sonrisa, un abrazo, o compartir una taza de agua tiene infinítamente más valor que el pueda tener aquí.
    Decía Kapuscinski, que para ser periodista había que ser ante todo buena persona. De todo ahi en éste oficio, pero tengo claro que por mucho hijo de puta que haya es el único lugar en el que realmente me siento a gusto.
    Gracias por éste artículo compañero.

    • Omar Havana says :

      Gracias compañera, suscribo tus palabras, yo estoy que me subo por las paredes, el vacío aquí es inmenso, y solo quiero buscar esa sonrisa eterna que hace que mi vida valga la pena. Gracias a tí compañera por dejarme aprender lo bello de esta profesión. Volvemos ya, ya , ya

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  1. Los Ojos de la Guerra - 5 junio, 2011

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