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Los olvidados de la guerra de Libia

Alguien dijo una vez que la primera víctima de cualquier guerra siempre es la verdad, en Libia no es diferente. Muchas historias son ignoradas por aquellos que creen saber la verdad de lo que ocurre por el solo hecho de haberlo escuchado en televisión o de haberlo leído en un periódico. Pero como en cada guerra, son muchas las realidades que siguen en la oscuridad, vidas que solo interesan durante las primeras semanas de cualquier conflicto. Como decía el gran Ryszard Kapuscinski, “si no hay sangre no interesa”, una frase que define a la perfección las noticias que llegan diariamente a los oídos de esas personas que viven alejadas de las bombas, pero en esta guerra también hay seres humanos a los que el líquido de la vida les hierve el cuerpo de impotencia bajo el abrasante sol del desierto tunecino, ellos son los olvidados, ellos son los desplazados, ellos son los desterrados, ellos son los refugiados.

Ellos son las víctimas silenciosas del conflicto libio. Esta guerra está teniendo un fuerte impacto no solo en los ciudadanos libios, sino también en más de dos millones y medio de inmigrantes, según cifras publicadas por el IOM en marzo de este año. Con una política de fronteras abiertas, Libia fue durante mucho tiempo un atractivo destino para muchos trabajadores del mundo árabe, del África Subsahariana, o incluso de otros países desarrollados. Durante la última década, el país se convirtió en un “atractivo socio” en la lucha contra los indocumentados que intentaban buscar un futuro mejor en países europeos.

De los más de un millón de personas que han dejado Libia desde el comienzo de la guerra, casi 600.000 son inmigrantes de diferentes nacionalidades. Una vez que han cruzado la frontera que les separa de la guerra, estas personas son clasificadas como “ciudadanos de tercera clase”, incluyendo no solo a aquellas personas que quieren volver a sus países de origen, sino también a aquellos reconocidos como refugiados o a aquellos que solicitan asilo. Casi 300.000 de estas personas han cruzado la frontera hasta la vecina Túnez desde el pasado mes de febrero, la mayoría de los cuales ya has sido repatriados a sus países de origen, sin embargo, todavía más de 4000 personas, mayoritariamente de países del África Subsahariana, no serán ayudados a volver a sus hogares por diferentes razones como guerras, dictaduras o persecuciones políticas. Según cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR, a día de hoy se han registrados 980 personas con el estatus de refugiado y otras 1339 han solicitado asilo en otros países.

Algunos sudaneses se preparan para ser repatriados / Foto: Omar Havana

Mientras tanto la situación es tan desesperada para muchos de ellos, que prefieren arriesgar sus vidas cruzando el mar Mediterráneo en barcazas sobrecargadas con destino las costas de Malta o Italia. Desde el comienzo del conflicto, más de 18000 personas han llegado a las costas de Lampedusa en Italia, la mayoría provenientes de Trípoli, allí muchos esperan en los centros de recepción italianos a que el Gobierno de este país y las Naciones Unidas encuentren una solución para sus vidas, aunque más de 1800 de estos seres humanos nunca tendrán la oportunidad de ver de nuevo sus hogares, el fondo del mar será para siempre ese lugar donde han encontrado la paz que soñaban cuando embarcaron hacia la libertad.

Tanto en Italia como en el campo de refugiados de Choucha, en el sur de Túnez, todos estos seres humanos permanecen confinados en campos o centros de tránsito por un periodo indefinido de tiempo, su libertad de movimiento se ve severamente restringida, pareciéndose más a detenidos que a seres humanos que se han visto forzados a huir del horror de la guerra. Esta situación está teniendo un severo impacto en la salud física y mental de estas personas, incluyendo mujeres embarazadas, víctimas de tortura, víctimas de tráfico humano o niños de muy corta edad.

Algunos de los marfileños en Choucha / Foto: Omar Havana

En el campo de refugiados de Choucha, situado en medio del desierto tunecino, la situación es insostenible, los allí desplazados soportan diariamente temperaturas que superan los cuarenta grados centígrados, y las tormentas de arena son frecuentes, lo que hace que sus existencia sea casi imposible. Aquí la higiene sigue siendo el gran problema a superar, tanto las letrinas como las duchas son insuficientes, el agua escasa, y el alimento lo menos parecido a algo que pudiéramos considerar comestible, aquí la vida de más de 3000 personas discurre rodeada de la basura que día tras día se va acumulando en el terreno que ocupa este campo. En Choucha, no hay médicos especializados, y aquellos que necesitan de atención sanitaria de este tipo están bajo la supervisión del ejercito tunecino, cuya numerosa presencia en este lugar, hace que se asimile más a un campo de concentración que a uno donde los seres humanos deberían ser tratados como tales. Por si esto fuera poco, el pasado 22 de Mayo, un fuego arraso parte del campo, dejando seis muertos y decenas de heridos, a lo que siguieron fuertes disturbios entre los refugiados de diferentes nacionalidades que integran Choucha, enfrentamientos que se agravaron cuando el ejército tunecino abrió fuego indiscriminadamente contra los allí acogidos.

La comida se acumula en el suelo de Choucha como símbolo de protesta / Foto: Omar Havana

Separados por nacionalidades, miles de personas conviven en este campo, donde la tensión racial se masca, ciudadanos de países en guerra conviven con otros de los países contra los que sus hermanos o familiares están luchando, los odios entre los marfileños, nigerianos, eritreos, sudaneses o somalíes son cada día más patentes, todos acusan al vecino, todas se sienten discriminados, todos temen por su seguridad, y son muchos ya, los que prefieren regresar a Libia, donde la mayoría serán tratados como mercenarios al servicio de Gaddafi debido al color de su piel. Entre ellos se encuentra un joven llamado Emmanuel, él dejó su país, el Congo,  hace casi diez años para buscar un futuro mejor en la industria del petróleo tunecina, hace dos meses se vio obligado a dejar atrás todo lo que había conseguido con el sudor de su frente, hoy sus posesiones se reducen a un par de calzoncillos, un pantalón y una revista de National Geographic que ha leído cientos de veces:

“Cuando llegué a Choucha, me sentí bienvenido, estaba lleno de esperanza. Pero ahora solo me pregunto, cuánto tiempo más podre durar bajo estas condiciones. He estado aquí dos meses, y todos estamos sometidos a un durísimo estrés diariamente. Muchos han perdido a miembros de sus familias, otros se han visto forzados a abandonar todas sus pertenencias y sus documentos. Ya casi todos los que estamos aquí, estamos perdiendo nuestras mentes, solo queremos que nos saquen de este campo tan rápido como puedan, queremos trabajar, queremos seguir viviendo, pero aquí no hay nada, aquí no somos seres humanos vivos, aquí somos mendigos que suplican por un poco más de comida, el mundo se ha olvidado de nosotros”.

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