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Unas últimas palabras para decir Gracias

Siempre me cuesta empezar a escribir, minutos buscando en la cabeza la mejor forma de mezclar palabras para comunicar un mensaje, y como era de esperar, está vez me ha vuelto a costar.

Hace unos meses rebuscando en la memoria de una infancia que casi no recuerdo, apareció la imagen de una Yashica de los años setenta que rondaba por mi casa de la que mis padres siempre decían “esta cámara saca unos fotos preciosas”. Recuerdo también como cuando estaba solo en casa, iba al cajón donde la guardaban y jugaba con esos números y letras escritos en una ruleta que no sabía que significaban, tomaba miles de fotos sin carrete, apretaba y movía esa misteriosa ruleta sin ningún sentido nada más que el de divertirme.

Han pasado más de veintinueve años desde entonces, y aunque por desgracia las cámaras de hoy no son lo que eran antes, sigo a mis casi cuarenta años dando vueltas a esas no ya tan misteriosas ruletas con la misma ilusión y ganas de divertirme como lo hacía cuando era un mocoso de pelo largo.

Desde hace casi trece años la magia que hay detrás de congelar un instante de la vida ha sido el único camino donde me he sentido libre. En ese momento en el que miro a través del objetivo, el tiempo deja de importar, los problemas desaparecen, y de repente empieza la magia de miradas que se cruzan, de llantos que atraviesan los tímpanos, de caras a las que duele mirar.  Hace trece años, de la mano de Jan, un fotógrafo de guerra inglés que no soportó los recuerdos, empecé a aprender poco a poco los secretos de mirar, de buscar más allá de lo visible. Recuerdo como siempre que caminábamos por las calles de Londres me repetía una y otra vez: “detrás de cada cristal, siempre puedes encontrar una mirada reflejada Omar, nunca te olvides”.

Jan siempre decía también: “no soporto jugarme la vida para mostrar lo que pasa en otro lado del mundo, para tener que fregar platos en este hotel para poder comer, no creo que puedo seguir mucho más tiempo así”. A los pocos meses, el suicidio fue la única salida que encontró a sus pesadillas. Desde entonces, he recorrido más de sesenta países, vivido en ocho de ellos, trabajado desde camarero a vendedor de películas porno en gasolineras españolas, desde auxiliar de vuelo a propietario de un pequeño hotel, y lo único que queda intacto de todo ello es esa pasión que nunca he perdido por fotografiar.

Sin quererlo un día, Camboya se cruzó en mi camino. Allí donde iba solo veía miradas que me hablaban, expresiones que no olvidaba, y nació mi interés por el fotoperiodismo. Sin saberlo, ya lo había hecho años antes en Cuba, cuando el Huracán Wilma truncó nuestro planes de recorrer la isla y pasé días compartiendo en la mágica Habana Vieja conversaciones llenas de esperanza mientras las olas destrozaban el mítico malecón habanero. Pero sin duda, Camboya ha sido el país donde me he dado cuenta que sin la cámara casi nada tiene sentido en mi vida.

Los vertederos de basura camboyanos supusieron ese primer paso que todos damos para que unos pocos conozcan nuestro trabajo. Esta bitácora, olvidada durante los últimos meses, fue ese segundo paso, y el camino para conocer a muchos compañeros. Pero sin duda, fue ese primer loco viaje a la frontera entre Túnez y Libia el que puso todo patas arriba. En La Maison Blanche de la capital tunecina tuve la suerte de escuchar por primera vez a la tía con más ovarios que he conocido en mi vida y desde entonces un gran amiga, la compañera Amaia López de Munaín. Con ella durante semanas, miramos a los ojos de los refugiados libios, y encontramos a esa pequeña gran familia de Yefren, un pueblo de las montañas de Nafusa, con los que descubrimos la humanidad Amazigh y la hipocresía de esas Gran Naciones Des-Unidas.

Junto a Amaia López de Munaín en la frontera Libia-Túnez. Mayo 2012. / Foto: Moussa Madi

Junto a Amaia López de Munaín en la frontera Libia-Túnez. Mayo 2012. / Foto: Moussa Madi

En Noviembre, el segundo alzamiento del pueblo egipcio me llevó a recorrer la plaza Tahrir al lado de algunos de los mejores fotoperiodistas. Recuerdo como pasé más tiempo observando al enorme Manu Brabo fotografiar que haciendo mi trabajo. En esos días en El Cairo compartí conversaciones, habitación, risas, sawarmas y a un conductor al que bautizamos como Musta-Fuck, por sus eternas conversaciones sobre masturbación en los lavabos, pero sobre todo, aprendí fotografía y vida observando a compañeros de la talla de Guillem Vallé, Fabio Bucciarelli, Cesare Quinto, Olga Rodríguez, Francesca Cicardi, Sergi Cabeza o Marc Almodóvar entre muchos otros.

En estos tres últimos años, he tenido el honor de conocer a gigantes de esta profesión, de intercambiar opiniones, pero una vez más sobre todo de continuar aprendiendo de personas como Merche Negro, Antonio Tejada, Javier Couso, Eduardo de Francisco, Laura Villadiego, Pau Llop, Ricardo García Vilanova, Lluis Hurtado, Diego Ibarra, Víctor Pozo, Ignacio Pulido, Antonio Pampliega, Shahira Amin, Baher Kamal o David Rengel entre muchos otros. De admirar el impresionante trabajo que hacen personas como Alberto Arce, Mónica Bernabé, Unai Beroiz, Zigor Aldama, Carlos Sardiña, Malika Youssouf, Juanlu Sanchez, Ignacio Escolar, Alberto Prieto, Maysun Ailena, Eloy Alonso, Samuel Rodriguez, Javier Espinosa, Samuel Aranda, Gabriel Pecot o Walter Astrada, por nombrar solo a alguno de los que he aprendido y sigo aprendiendo día tras día.

Con Manu Brabo, Cesare Quinto y Francesca Cicardi en El Cairo. Noviembre 2012 / Foto: ©Fabio Bucciarelli

Con Manu Brabo, Cesare Quinto y Francesca Cicardi en El Cairo. Noviembre 2012 / Foto: ©Fabio Bucciarelli

Dos años donde por fin he dejado de ser esa persona que siempre fui para ser quien soy, donde por fin me he liberado de una vida anclada en lo que pudo ser en el pasado y llena de objetivos futuros para pasar a disfrutar cada minuto como si fuera el último, sin duda algo que sin todas esas personas, experiencias o historias que en estos últimos años he tenido el privilegio de escuchar y vivir no hubiera sido posible.

Hoy, Camboya vuelve a ser mi realidad, un presente bastante diferente que el de cuando la dejé. Por fin empiezo a encontrar respuesta a esos miles de preguntas que han taladrado mi cabeza durante los últimos cinco años. Por fin entiendo que aparte de los problemas que he contado en esta bitácora durante los dos últimos años, también existe una sonrisa eterna llena de conformismo en un país extraño como Camboya.

Camboya ha sido sin duda mi primer paso en un camino donde todavía tengo muchísimo que aprender. Con un objetivo claro, la fotografía, es hora de dejar que sean las imágenes las que hablen sin palabras, y dejar las frases para los que saben escribir de verdad. Las palabras ya no fluyen por mi cabeza como en estos dos años donde solo quería gritar, y es hora dar un paso más hacia adelante en este duro camino del fotoperiodismo, por ello este es el último artículo de este Mundo Olvidado. En los más de dos años de vida de esta bitácora, me he sentido abrumado por la cantidad de personas que se han interesado por esta Camboya ignorada casi por completo por los medios de comunicación del mundo entero.

Mundo olvidado no hubiera podido existir sin ellos, esas personas que me han enseñado el verdadero color de la vida, los niños de la basura, los refugiados libios, las campesinos vestidos de rojo en Bangkok, los jóvenes egipcios, las mujeres Amazigh…tampoco hubiera podido existir sin vosotros, más de 140.000 visitas en menos de tres años, algo impensable cuando comencé este blog hablando de los camisas rojas tailandeses, y para mi ha sido un autentico placer compartirlo con vosotros. De corazón, GRACIAS A TODOS.

Nos veremos muy pronto desde cualquier otro rincón de este Mundo Olvidado……

Vertederos de Basura de Siem Reap, Camboya / Foto: ©Amit Padhiar

Vertederos de Basura de Siem Reap, Camboya / Foto: ©Amit Padhiar

Dos años después, la situación de las 300 personas que viven en los vertederos de basura de Angkor no ha mejorado

A tan solo unas decenas de kilómetros de los mundialmente famosos templos de Angkor, unas trescientas personas viven desde hace años las consecuencias de la extrema pobreza.

En los vertederos de basura de Anlong Pi, todas las palabras adquieren un nuevo significado. Es aquí donde hace menos de dos años un niño definió la palabra felicidad con ver salir el sol cada día, es aquí donde las sonrisas se confunden con los llantos. En Anglong Samram, el nombre que los habitantes del vertedero utilizan para llamar a su “Lago de Basura”, la vida no ha mejorado.

Mi primero contacto con ellos fue durante el verano de 2010, de aquel día recuerdo el olor de toneladas de basura que taladraba las fosas nasales hasta llegar al paladar. Desde entonces, han sido muchas visitas, interrumpidas durante el último año en el que estuve con los refugiados libios o en los sucesos de la plaza Tahrir en El Cairo.

Hace tan solo una semana volví a ese lugar donde las sonrisas son eternas. Si hace dos años ya pensé que la situación era extrema, en esta última semana he podido confirmar que nada se ha hecho por mejorar la vida de estas personas.

Dos años después, la situación en el vertedero de Anlong Pi es cercana a lo inhumano. La enorme acumulación de basura ha duplicado la capacidad del vertedero, produciéndose  nuevas reacciones químicas y biológicas entre los constituyentes de la materia orgánica e inorgánica. Los productos tóxicos resultantes son arrastrados por el agua de la lluvia contaminando el suelo y las aguas subterráneas, o emitidos a la atmósfera (en forma de gases) contaminando el aire. Como resultado del considerable incremento de basura muchas de las personas que conocí en mis primeras visitas han enfermado de gravedad.

   Una trabajadora de los vertederos busca metales y plástico / Foto: © Omar Havana

Una trabajadora de los vertederos busca metales y plástico / Foto: © Omar Havana

 

La consecuencia más notable de estas nuevas combustiones que hace dos años no tenían lugar es el aire que los habitantes de Anlong Pi respiran cada día, aire que se ha convertido en un  alto riesgo para la salud de las mas de trescientas personas que allí siguen trabajando a diario. Un aire compuesto por gas metano, resultante de los procesos de fermentación en ausencia de oxígeno de la materia orgánica que supone el 50% de las emisiones de gases producidas en los vertederos, por cloruro de vinilo por benceno, por tricloroetileno y por cloruro de metilo de efectos tóxicos o cancerígenos.

De los 300 habitantes del vertedero de Angkor, más de 100 son niños / Foto: © Omar Havana

De los 300 habitantes del vertedero de Angkor, más de 100 son niños / Foto: © Omar Havana

Al considerable empeoramiento de la calidad del aire, se unen varios nuevos factores que poco a poco convierten la vida en este lugar en no apta para ningún ser humano. En las últimas semanas la llegada de turistas a los vertederos se ha visto incrementada considerablemente, estos turistas confunden la pobreza extrema con una de las atracciones turísticas que Camboya ofrecen sin darse cuenta del riesgo para la salud mental de los habitantes de Anlong Pi.

Mientras tanto, la mayoría de los habitantes del vertedero siguen corriendo descalzos sobre millones de toneladas de basura, con el considerable riesgo de cortes, infecciones y heridas de diferente gravedad que difícilmente podrán ser tratadas. Y por si esto no fuera suficiente, de los cuatro pozos de agua que Somali Na, una camboyana residente en Hong Kong, donó hace un año y medio a los vertederos, uno de ellos ha sido robado por algún desalmado que ha privado a los habitantes de Anlong Samram de agua potable, lo que fuerza a la mayoría a tener que hervir el agua que los otros dos pozos en servicio dan, ya que la acumulación de basura ha hecho que el agua del subsuelo sea prácticamente imbebible.

Dos años después los habitantes del vertedero de Anlong Pi necesitan ayuda urgente, en un país como Camboya donde el 36% de la población vive con meno de un dólar al día, y millones de dólares son donados todos los años a fines humanitarios, unas simples botas con las que cubrir los pies descalzos de los habitantes del vertedero o un mascara para la protección del aire cancerígeno que se ven obligados a respirar diariamente mejorarían considerablemente la existencia de las trescientas personas que siguen caminando sobre basura en busca de una vida digna.

Casi todos los habitantes del vertedero trabajan largas horas totalmente descalzos / Foto: ©Omar Havana

Casi todos los habitantes del vertedero trabajan largas horas totalmente descalzos / Foto: ©Omar Havana

100.000 gracias y 100.000 abrazos

Recuerdo como si fuera hoy, aquel día que no pude guardar esa voz rota dentro de mí por más tiempo, mis dedos empezaron a moverse alrededor de este teclado pulsando mil veces esos sentimientos de impotencia que una simple mirada había creado en lo más profundo de mi corazón.

Quise bautizar esta bitácora con la definición más cercana que describiera esas otras realidades que escasas veces se pueden leer en la prensa, ese que aquí hemos bautizado en un afán de ponerle estrellas a la calidad de vida como “tercer mundo”, ese mismo en el que tantos seres humanos se sienten olvidados.

Pero curiosamente no fue una de esas historias, como suele ocurrir a diario, la que hizo que este blog saltara a la primera página de google, sino una revolución que si salía en las portadas de muchos de los diarios que podemos encontrar en los quioscos. Tailandia se cubría de rojo mientras miles de personas leían a diario mis historias desde Bangkok, más preocupados por la reserva de su luna de miel en la capital tailandesa que por la sangre que en esos días se derramaba por las calles de un país en busca de democracia.

La revolución acabó y las playas tailandesas se volvieron a llenar de esos turistas en busca del paraíso “custom made”. Las historias sobre el horrible pasado de Camboya no suponían un impedimento a los millones de turistas que siguen visitando el sudeste asiático en busca de playas y la foto con el niño pobre. Y fue entonces cuando me topé con ellos a tan solo 30 kilómetros de esos magníficos templos, donde los niños de la calle corretean de turista en turista intentando vender pulseras, libros, postales o hasta su madre llegada el caso.

En medio de toneladas de desperdicio las sonrisas son honestas, las miradas penetrantes y las voces silenciosas se hacen imposibles de no escuchar. Pronto esas historias saltaron a las pantallas de ordenador de miles de vosotros, gracias a ello se consiguieron cuatro pozos de agua potable, apadrinamiento de alguna familia, y que alguna organización haya comenzado a prestar ayuda a esas cientos de almas olvidadas de las que incluso la Comisión de Derechos Humanos para Asia ha decidido escuchar. También algunos medios internacionales como ABC News o Channel 10 TV en Australia, Foreign Policy en USA, India Times, o The Voice of Vietnam decidieron escuchar las voces de aquellos seres humanos, y sus caras hayan sido publicadas en miles de diarios internacionales mediante un reportaje de la gran fotógrafa Paula Bronstein de la agencia Getty.

Miles de personas siguen viviendo en los vertederos del Mundo / Foto: Omar Havana

Casi doscientos artículos después, doy las más humildes gracias a todos los que habéis hecho que muchas voces se hayan sentido acompañadas, doy las gracias a los que habéis  escuchado los llantos de esos refugiados libios , a los que habéis sentido la calidad humana de los Amazigh, y a los que habéis gritado libertad en la Plaza Tahrir.

Y desde esta jungla de panderetas y cruzcampos que es la España en la que vivimos, solo espero poder regresar pronto a uno de esos mundos olvidados, a volver a escuchar esas otras historias que a casi nadie les interesa, a poder sentir de nuevo la necesidad de que mis dedos pulsen la realidad de esos seres humanos a los cuales ira dedicado siempre esta bitácora.

Desde este sofá tan alejado de mi mundo, os mando 100.000 gracias y 100.000 abrazos.

El valor de una fotografía

No soy amigo de traducir textos de otros compañeros, aunque esta vez dado el impacto que ha creado en mí una simple carta he decido hacerlo, quizás intentando explicar que a pesar de la situación de casi precariedad laboral que se está viviendo en la fotografía actual, no es tan importante el precio que los editores pongan a nuestro trabajo, si no el valor de una simple fotografía en la que congelamos la esencia de la persona a la que estamos mirando.

Quiero agradecer a la compañera que ha tomado la decisión de compartir estas bonitas palabras, Jeanine Thurston,  que me haya autorizado a poder traducirla y compartirla con vosotros, pero sobre todo quiero dar las gracias a Karen, la autora de esta carta, por varias razones, pero sobre todo por haber conseguido que me emocionara como pocas veces había hecho al leer algo, y porque ha conseguido explicar la razón principal que hace que muchos solo sepamos mirar al Mundo a través de un objetivo y sin duda la razón por la que amo la fotografía por encima de todas las cosas.

Decía Nietzsche que una cosa que tiene precio pierde su valor, aunque por  desgracia en este material mundo donde sin publicar no comes y en la practica el precio sea precisamente lo que muchos perseguimos cuando nos ponemos la cámara al hombro, algo que sin duda hace que perdamos muchas veces la propia y única visión de ese mundo que queremos mostrar. A pesar de ello me quedo con las palabras de Guillem Valle en El Cairo: “en la fotografía no es tan importante que te publiquen”, a lo que yo añado que lo más importante de todo es intentar vivir lo que estas mirando como si en ello te fuera la vida.

Una carta en mi puerta. Una imagen vale más que el papel                                    por Jeanine Thurston.

Esta vez no habrá retratos en este post. Esta carta no me fue enviada, fue dejada en el escalón de mi casa hace dos meses. La he leído, he llorado, y la he vuelto a leer, probablemente más de cien veces hasta el día de hoy. No ha sido de fácil lectura, y siendo honesta, a pesar de que sin duda explica el valor de lo que hago para poder vivir, no estaba segura de compartirla con ustedes hasta hoy, cuando un cliente me ha afirmado que mis precios son demasiado caros. Si eligen leer esta carta, es entonces cuando sabrán la razón por la que he decido compartirla con ustedes.

2 de Julio de 2011

Jeanine,

Hoy escribo por dos razones: tengo un poco de tiempo libre y necesito sacar un par de cosas de mi mente. Dejaré esta carta a mi marido para que se la entregue cuando él esté preparado.

Tú has fotografiado mi boda, tú has fotografiado mi primer embarazo y a mi primer bebé y hace poco volví a contactar contigo para fotografiar a mi segundo hijo y a mi familia. Después de recibir tus tarifas y darme cuenta que querría todas las fotos porque nos encanta tu trabajo, tomé la decisión de no gastarme los 500 dólares que es lo que cuesta normalmente sus retratos e impresiones. Por favor, no pienses que no es porque valoro tu increíble mirada, o porque no nos guste la experiencia.

Pero así fue como gasté mi dinero esa misma semana en la que decidí no pagar por sus fotos.

El domingo la llamé para cancelar la sesión de fotos. El lunes fui a cortarme el pelo ($39 + propina), también me lo tinté ($65); el jueves, me hice la manicura ($24), y salí a cenar fuera con mi familia a un restaurante más o menos caro sin ninguna razón aparente ($79 + propina). Esto solo fue en los primeros cuatro días después de cancelar la sesión, en total más de 200 dólares en cosas innecesarias. Mis uñas solo duraron dos semanas, y he perdido mi pelo, y así han pasado siete semanas hasta que he recibido una llamada de nuestro médico. Fue algo que no esperaba, y el cáncer se expandido por todo mi cuerpo con rapidez. No me queda otra elección, pero me veré obligada pronto a abandonar a mi marido, a mi hija de seis años y mi hijo de dos. Es tan difícil hablar sobre ello, que es la razón por la que te estoy escribiendo ahora.

He mirado en tu Facebook, sobre todo me he fijado en los posts sobre el valor de una fotografía, y si pudiera devolver todas esas cosas innecesarias en las que me he gastado el dinero después de haber cancelado la sesión contigo, lo haría y sin duda haría esas fotografías sin pensarlo en el próximo latido de mi corazón.

Ahora, mi tiempo está llegando a su final, y no hay más oportunidades para mí. La próxima vez que alguien cancele una de tus sesiones, desearía que le enviaras esta carta como respuesta. El tiempo es frágil, se va antes de que nos demos cuenta de que lo tenemos. Si pides 200 dólares por una fotografía, no sería suficiente para pagar el valor real que esa imagen tiene, pero es ahora cuando me estremezco al pensar que mis prioridades era la manicura antes que un recuerdo que poder dejar a mis hijos y mi marido.

Mi amor y agradecimiento por todo los que nos has dado en las fotografías pasadas. Siento mucho que para mí solo fueran un trozo de papel hasta ahora.

Karen L.

Carta Original / Foto: Jeanine Thurston

Carta Original / Foto: Jeanine Thurston

Artículo Original, por Jeanine Thurston

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