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100.000 gracias y 100.000 abrazos

Recuerdo como si fuera hoy, aquel día que no pude guardar esa voz rota dentro de mí por más tiempo, mis dedos empezaron a moverse alrededor de este teclado pulsando mil veces esos sentimientos de impotencia que una simple mirada había creado en lo más profundo de mi corazón.

Quise bautizar esta bitácora con la definición más cercana que describiera esas otras realidades que escasas veces se pueden leer en la prensa, ese que aquí hemos bautizado en un afán de ponerle estrellas a la calidad de vida como “tercer mundo”, ese mismo en el que tantos seres humanos se sienten olvidados.

Pero curiosamente no fue una de esas historias, como suele ocurrir a diario, la que hizo que este blog saltara a la primera página de google, sino una revolución que si salía en las portadas de muchos de los diarios que podemos encontrar en los quioscos. Tailandia se cubría de rojo mientras miles de personas leían a diario mis historias desde Bangkok, más preocupados por la reserva de su luna de miel en la capital tailandesa que por la sangre que en esos días se derramaba por las calles de un país en busca de democracia.

La revolución acabó y las playas tailandesas se volvieron a llenar de esos turistas en busca del paraíso “custom made”. Las historias sobre el horrible pasado de Camboya no suponían un impedimento a los millones de turistas que siguen visitando el sudeste asiático en busca de playas y la foto con el niño pobre. Y fue entonces cuando me topé con ellos a tan solo 30 kilómetros de esos magníficos templos, donde los niños de la calle corretean de turista en turista intentando vender pulseras, libros, postales o hasta su madre llegada el caso.

En medio de toneladas de desperdicio las sonrisas son honestas, las miradas penetrantes y las voces silenciosas se hacen imposibles de no escuchar. Pronto esas historias saltaron a las pantallas de ordenador de miles de vosotros, gracias a ello se consiguieron cuatro pozos de agua potable, apadrinamiento de alguna familia, y que alguna organización haya comenzado a prestar ayuda a esas cientos de almas olvidadas de las que incluso la Comisión de Derechos Humanos para Asia ha decidido escuchar. También algunos medios internacionales como ABC News o Channel 10 TV en Australia, Foreign Policy en USA, India Times, o The Voice of Vietnam decidieron escuchar las voces de aquellos seres humanos, y sus caras hayan sido publicadas en miles de diarios internacionales mediante un reportaje de la gran fotógrafa Paula Bronstein de la agencia Getty.

Miles de personas siguen viviendo en los vertederos del Mundo / Foto: Omar Havana

Casi doscientos artículos después, doy las más humildes gracias a todos los que habéis hecho que muchas voces se hayan sentido acompañadas, doy las gracias a los que habéis  escuchado los llantos de esos refugiados libios , a los que habéis sentido la calidad humana de los Amazigh, y a los que habéis gritado libertad en la Plaza Tahrir.

Y desde esta jungla de panderetas y cruzcampos que es la España en la que vivimos, solo espero poder regresar pronto a uno de esos mundos olvidados, a volver a escuchar esas otras historias que a casi nadie les interesa, a poder sentir de nuevo la necesidad de que mis dedos pulsen la realidad de esos seres humanos a los cuales ira dedicado siempre esta bitácora.

Desde este sofá tan alejado de mi mundo, os mando 100.000 gracias y 100.000 abrazos.

El valor de una fotografía

No soy amigo de traducir textos de otros compañeros, aunque esta vez dado el impacto que ha creado en mí una simple carta he decido hacerlo, quizás intentando explicar que a pesar de la situación de casi precariedad laboral que se está viviendo en la fotografía actual, no es tan importante el precio que los editores pongan a nuestro trabajo, si no el valor de una simple fotografía en la que congelamos la esencia de la persona a la que estamos mirando.

Quiero agradecer a la compañera que ha tomado la decisión de compartir estas bonitas palabras, Jeanine Thurston,  que me haya autorizado a poder traducirla y compartirla con vosotros, pero sobre todo quiero dar las gracias a Karen, la autora de esta carta, por varias razones, pero sobre todo por haber conseguido que me emocionara como pocas veces había hecho al leer algo, y porque ha conseguido explicar la razón principal que hace que muchos solo sepamos mirar al Mundo a través de un objetivo y sin duda la razón por la que amo la fotografía por encima de todas las cosas.

Decía Nietzsche que una cosa que tiene precio pierde su valor, aunque por  desgracia en este material mundo donde sin publicar no comes y en la practica el precio sea precisamente lo que muchos perseguimos cuando nos ponemos la cámara al hombro, algo que sin duda hace que perdamos muchas veces la propia y única visión de ese mundo que queremos mostrar. A pesar de ello me quedo con las palabras de Guillem Valle en El Cairo: “en la fotografía no es tan importante que te publiquen”, a lo que yo añado que lo más importante de todo es intentar vivir lo que estas mirando como si en ello te fuera la vida.

Una carta en mi puerta. Una imagen vale más que el papel                                    por Jeanine Thurston.

Esta vez no habrá retratos en este post. Esta carta no me fue enviada, fue dejada en el escalón de mi casa hace dos meses. La he leído, he llorado, y la he vuelto a leer, probablemente más de cien veces hasta el día de hoy. No ha sido de fácil lectura, y siendo honesta, a pesar de que sin duda explica el valor de lo que hago para poder vivir, no estaba segura de compartirla con ustedes hasta hoy, cuando un cliente me ha afirmado que mis precios son demasiado caros. Si eligen leer esta carta, es entonces cuando sabrán la razón por la que he decido compartirla con ustedes.

2 de Julio de 2011

Jeanine,

Hoy escribo por dos razones: tengo un poco de tiempo libre y necesito sacar un par de cosas de mi mente. Dejaré esta carta a mi marido para que se la entregue cuando él esté preparado.

Tú has fotografiado mi boda, tú has fotografiado mi primer embarazo y a mi primer bebé y hace poco volví a contactar contigo para fotografiar a mi segundo hijo y a mi familia. Después de recibir tus tarifas y darme cuenta que querría todas las fotos porque nos encanta tu trabajo, tomé la decisión de no gastarme los 500 dólares que es lo que cuesta normalmente sus retratos e impresiones. Por favor, no pienses que no es porque valoro tu increíble mirada, o porque no nos guste la experiencia.

Pero así fue como gasté mi dinero esa misma semana en la que decidí no pagar por sus fotos.

El domingo la llamé para cancelar la sesión de fotos. El lunes fui a cortarme el pelo ($39 + propina), también me lo tinté ($65); el jueves, me hice la manicura ($24), y salí a cenar fuera con mi familia a un restaurante más o menos caro sin ninguna razón aparente ($79 + propina). Esto solo fue en los primeros cuatro días después de cancelar la sesión, en total más de 200 dólares en cosas innecesarias. Mis uñas solo duraron dos semanas, y he perdido mi pelo, y así han pasado siete semanas hasta que he recibido una llamada de nuestro médico. Fue algo que no esperaba, y el cáncer se expandido por todo mi cuerpo con rapidez. No me queda otra elección, pero me veré obligada pronto a abandonar a mi marido, a mi hija de seis años y mi hijo de dos. Es tan difícil hablar sobre ello, que es la razón por la que te estoy escribiendo ahora.

He mirado en tu Facebook, sobre todo me he fijado en los posts sobre el valor de una fotografía, y si pudiera devolver todas esas cosas innecesarias en las que me he gastado el dinero después de haber cancelado la sesión contigo, lo haría y sin duda haría esas fotografías sin pensarlo en el próximo latido de mi corazón.

Ahora, mi tiempo está llegando a su final, y no hay más oportunidades para mí. La próxima vez que alguien cancele una de tus sesiones, desearía que le enviaras esta carta como respuesta. El tiempo es frágil, se va antes de que nos demos cuenta de que lo tenemos. Si pides 200 dólares por una fotografía, no sería suficiente para pagar el valor real que esa imagen tiene, pero es ahora cuando me estremezco al pensar que mis prioridades era la manicura antes que un recuerdo que poder dejar a mis hijos y mi marido.

Mi amor y agradecimiento por todo los que nos has dado en las fotografías pasadas. Siento mucho que para mí solo fueran un trozo de papel hasta ahora.

Karen L.

Carta Original / Foto: Jeanine Thurston

Carta Original / Foto: Jeanine Thurston

Artículo Original, por Jeanine Thurston

Misrata: Vencer o Morir

Momentos de reflexión, minutos de incertidumbre, no saber reaccionar cuando algo te toca profundamente, mientras, siguen retumbando una y otra vez esas palabra: “Allah U Akbar, Allah U Akbar”, ese es el sentimiento que queda después de visionar Misrata: vencer o morir, realizado por Alberto Arce y Ricardo García Vilanova, dos compañeros, dos periodistas con mayúsculas, dos seres humanos que han arriesgado sus vidas para ser, una vez más, nuestros ojos de la guerra.

En Misrata: vencer o morir, se refleja una realidad desconocida, vidas inocentes forzadas a empuñar un fusil para alcanzar el sueño de la libertad. Este documental no puede dejar indiferente a nadie, ataca a las conciencias de todos aquellos que siguen preguntando por qué los reporteros de guerra solo reflejan la muerte; mientras ellos, seres humanos antes que periodistas, siguen batallando con palabras e imágenes para que el mundo se pregunte: ¿por qué tanta gente sigue muriendo?

Todo comienza a bordo de uno de los barcos que transportan ayuda humanitaria desde el puerto de La Valeta en Malta, allí atraviesan el bloqueo marítimo de la OTAN rodeados de kilos de spaghettis hasta llegar a su destino, Misrata. Desde su llegada los continuos bombardeos que asedian a la población de esta ciudad libia sirven como banda sonora a un documental donde ambos periodistas recorren innumerables escenarios hasta llegar a Tawarga, primera ciudad donde los rebeldes expulsan a las fuerzas de Gaddafi tras la liberación de Misrata.

Misrata: Vencer o Morir / Foto: © Ricardo Garcia Vilanova

Alejados del protagonismo típico del periodista en este tipo de documentales, Alberto y Ricardo han conseguido no solo mostrar el horror de los bombardeos, sino también el lado más humano de la guerra, ese donde el desayuno es un bocata de atún y un café con leche, ese donde el estudiante cambia las aulas por las trincheras, un mundo donde la libertad es el sueño de los que han sido prisioneros del miedo, un universo que es imposible entender si no se ha vivido, donde la juventud abraza las lágrimas de los más ancianos, donde la humanidad se refleja en cada mirada llena de pánico.

Alberto y Ricardo han conseguido que muchos se asomen al infierno de una guerra desde el calor y la comodidad de sus hogares. Pocos han sido los que han llegado a reflejar una realidad tan desconocida por la mayoría de esta forma tan cercana. James Natchwey lo consiguió en “War Photographer”; Walter Astrada nos narró los recuerdos que nunca dejan de doler; Manu Brabo demostró el coraje de alguien que por encima de todo ama su trabajo; Guillem Vallé estuvo en el momento preciso para que el mundo confirmara el final de una dictadura; Amaia López de Munain y Víctor Pozo lucharon contracorriente para que el planeta mirara hacia Costa de Marfil; Antonio Pampliega y Diego Ibarra nos mostraron la muerte en vida del infierno afgano; y en Misrata: vencer o morir, Alberto y Ricardo han luchado para que en la guerra la verdad no sea la primera víctima.

Acompañando a los rebeldes, ambos periodistas se adentran hasta líneas enemigas, viven en primera persona los saqueos y ataques de las fuerzas gadafistas, caminan junto a esos seres humanos que luchan por la libertad, y nos muestran esa cara oculta que tienen todos los conflictos. Sus grabaciones en primera línea de fuego dejan sin respiración a todos los espectadores, tienen un valor especial el momento donde queda al descubierto la inexperiencia de los rebeldes en el cuerpo a cuerpo, la entrevista realizada en el hospital-cárcel a un joven gadafista y las palabras sobre política internacional de los rebeldes libios, donde comparan a Gaddafi con ETA. Pero no todo en Misrata en vencer o morir, también hay lugar para compartir un desayuno, para reflejar esos sentimientos femeninos ocultos bajo el velo de la religión, para conocer los pensamientos de un chaval de 16 años perteneciente a las fuerzas gadafistas, para adentrarnos en el nerviosismo de aquel que arriesga su vida para informar.

Con una narración impecable, unas imágenes cuidadosamente seleccionadas, y testimonios estremecedores, este documental, sin duda, se ha ganado un puesto en la historia del periodismo de guerra. Quizás no sea valorado como debe en este país de panderetas y famosas del tres al cuarto, pero seguro que en esos otros lugares donde el periodismo no ha perdido su esencia, donde el periodista no es ninguneado por chupatintas y mequetrefes, Misrata: vencer o morir, ocupará el lugar que se merece.

Pasaran los años y la guerra de Libia será completamente olvidada, aparecerán otros conflictos, y se volverá a repetir el mismo escenario, ese donde unos pocos valientes volverán a arriesgar sus vidas para que el mundo siga informado, y ese mismo mundo volverá a preguntar: ¿por qué los periodistas siguen mostrando tantos muertos? Ese, sin duda, será el momento de volver a recordar este trabajo donde premia la vida, donde se narra el miedo, donde se respira el valor, donde se entristece el alma, donde se dan las pistas para entender que el periodismo no es solo sangre y muerte, donde dos periodistas han demostrado que en la guerra también hay humanidad. Ese, sin duda, será el momento para volver a Misrata ese lugar donde vencías o morías, pero donde también un niño de corta edad nos despide enseñándonos que la vida sin libertad es una muerte no deseada.

Misrata: Vencer o Morir / Foto: © Ricardo García Vilanova

Mientras la noche cae sobre nuestros hogares, sigo sin poder reaccionar ante las imágenes de Misrata, ellas han traído muchos recuerdos que inundan mis pensamientos, aquel hombre tranquilo con su sombrero de John Wayne, Malak con su mano vendada, Moussa con sus preguntas, esos rebeldes heridos, Naima y su “mala leche”, el hotel Mabrouk, Bright y los refugiados africanos, Fathi y sus lecciones de vida, Youssef, los empleados del hotel Sangho, las mentiras del ACNUR, el “club” de los refugiados en Tataouine, los llantos de esa profesora, el temblor de las manos de las ancianas, Azru y su sueño de convertirse en periodista, Badis narrando el secuestro de su padre, Massin y su trabajo incansable, esa túnica blanca acompañando a la ceguera de unos ojos que narraban el sufrimiento de una dictadura, ese atardecer de piedras rojas, y solo deseo que Misrata y Libia sea ese lugar donde el único lema sea “Vivir y Soñar”.

Hace tan solo unos minutos he tenido el privilegio de hablar con Alberto, él, desde Guatemala, me dice que es provocador, algo con lo que no estoy de acuerdo ya que la verdad solo provoca a aquellos que no quieren escucharla. Ricardo y él vencieron, a pesar de que en Misrata también podrían haber muerto, que mejor despedida que la respuesta del propio Alberto, a mi pregunta:

“¿qué es Misrata para ti, Alberto?”

En las trincheras de Dafnie, un día cerré los ojos, me concentré y durante varias horas, sentí que lo que veía a mí alrededor me llegaba en blanco y negro. Rodeado de tenderos, estudiantes, trabajadores del metal o taxistas que discutían sobre si atacar por la derecha o la izquierda, ya mismo o media hora más tarde a un enemigo del que no conocían ni el número ni el armamento ni la posición mientras se repartían cuatro balas por cabeza, pensé en muchos de nuestros abuelos, en el Frente de Aragón y en la revolución que se perdió en España. Me dije a mí mismo “Que la ganen. Esta hay que ganarla.” Y comencé a imaginarme también cómo babearían los cuatro irreductibles miembros del Comité Central, sentados y enfadados en sus cafés, en los cafés de siempre, tratando de que la realidad se adaptase, una vez más a sus posicionamientos, y no a la inversa. Diseñando sobre el papel la respuesta que querían escuchar de Omar y la de Mohammad y la de Ali a sus aburridas preguntas, y comenzando a definir los adjetivos con los que, como siempre, desde que se sentaron en aquel café, trataron de eliminar a los disidentes.

En Misrata confirmé algo que ya sabía. Que España no es el lugar en el que debía buscarme la vida como periodista. Aprendí a que dejase de dolerme pensar en la negativa categórica y sistemática con la que los medios españoles reciben el periodismo que les envían los freelances. Comencé a interiorizar que el problema no lo tenía yo sino ellos, que nunca tienen 300 euros para pagar una crónica desde el frente pero sí tienen miles de euros para pagar conexiones en directo vía satélite de gente que lo cuenta desde la azotea de un hotel y leyendo teletipos por internet. Aprendí también que más allá de los negociantes que tiran su dinero en periodismo basura, están los pufistas que publican tu trabajo y nunca te lo pagan y las estrellas que lo hagan bien o mal, ya han labrado su futuro en mesas bien servidas de la capital y recibirán premios por no estar, o equivocarse, o llegar tarde o copiar a los demás. Aprendí también que el periodismo se hace pese a la prensa, sin dinero y con ganas. Aprendí que Manu, Guillem, Pradilla, Ricardo, Eduardo, Omar y compañía somos más, tenemos más paciencia y nos traten como nos traten, siempre encontraremos nuestro espacio. Lejos, a ser posible, y en el extranjero, para que no nos salpiquen con su periodismo agradecido. El sano resentimiento de trinchera y la pasión por el trabajo con amigos y compañeros del metal. Eso fue Misrata para mí. Alberto Arce, Periodista y Ser Humano

Misrata: Vencer o Morir se estrenará el próximo día 10 de Noviembre en La Casa Encedida de Madrid, una cita que sin duda nadie debe perderse.

Trailer Misrata: Vencer o Morir, por Alberto Arce y Ricardo García Vilanova

Enlaces Relacionados:

Blog de Alberto Arce

Ricardo García Vilanova Photojournalist

Tailandia sufre las peores inundaciones de los últimos cincuenta años

Hace semanas que anuncié mi retirada del fotoperiodismo profesional, sin embargo, ayer el destino me ha demostrado de nuevo que no se puede escapar de lo que llevamos incrustado en nuestra alma.

Desde hace años el sudeste asiático ha sido mi hogar, allí he compartido sonrisas y lágrimas con esos seres humanos a los que les fue robada la voz en el mismo momento de su nacimiento. La imposibilidad de seguir creciendo dentro de una profesión cada vez más alejada de la humanidad me llevó a tomar la difícil decisión de dar un cambio radical a mi vida. El próximo enero será el mes en el que pasaré a cambiar el chaleco antibalas de la humanidad por esa corbata del dinero que me aleja de lo que más amo en este mundo, la fotografía. Pero hasta entonces, vivo con impotencia los estragos de una zona del Mundo que me ha enseñado a ser la persona que soy.

El próximo martes, me subiré de nuevo en un avión con destino Tailandia y Camboya. Allí miles de seres humanos están sufriendo las peores inundaciones de la reciente historia. Se cuentan por cientos las vidas que el agua ha arrastrado hacia un final definitivo, y lo peor está aún por llegar.

Tailandia / Foto: The Nation Bangkok

Desde ayer, no he parado de contactar con medios de comunicación y amigos intentando acceder a las áreas más afectadas por esta catástrofe. Los medios siguen enfocando sus noticias en la capital Bangkok, ignorando la tragedia que se está viviendo en otras zonas que han quedado totalmente aisladas. El tráfico por carreteras se antoja imposible mientras las barcas han ocupado las calles de ciudades que hoy se asemejan a paisajes salidos del infierno de Dante.

El verde de los campos de arroz ha sido sumergido por las aguas altamente contaminadas que anegan todo tipo de vida a su paso. “Necesitamos periodistas que muestren al mundo la verdad de lo que está pasando, Tailandia no es solo Bangkok”, me comentaba ayer Nufayla desde las cercanías del puente sobre el río Kwai, mientras la escasez de alimentos empieza a pasar factura en diferentes regiones del país de las sonrisas. En Bangkok, se espera que mañana las aguas  alcancen los dos metros y medio de altura en las proximidades del río Chao Phraya, y las autoridades han recomendado evacuar varias zonas de la capital tailandesa, y para empeorar la situación se esperan lluvias torrenciales en nueve provincias del país en los próximos días, Prachuap Khiri Khan, Chumphon, Surat Thani, Nakhon Si Thammarat, Phatthalung, Songkhla, Pattani, Yala y Narathiwat.

Ayutthaya / Foto: Reuters/Sukree Sukplang

En total 26 provincias de Tailandia están afectadas por esta subida de las aguas, Sukhothai, Phichit, Phitsanulok, Nakhon Sawan, Uthai Thani, Chai Nat, Sing Buri, Ang Thong, Phra Nakhon Si Ayutthaya, Lopburi, Saraburi, Suphan Buri, Nakhon Pathom, Pathumthani, Nonthaburi, Samutsakhon, Ubon Ratchathani, Khon Kaen, Srisaket, Roi-et, Surin, Mahasarakham, Kalasin, Chacheongsao, Nakhon Nayok y Prachinburi. Más de 350 personas han perdido la vida y miles se han visto forzados a dejar sus hogares y huir hacia provincias más seguras como Chiang Mai.

Pero,” ¿a qué se debe está catástrofe sin precedentes?”, preguntan muchos. Sin duda, el ser humano una vez más es culpable en su mayor parte de la destrucción que está afectando al sudeste asiático. En un vídeo que ha recibido ya más de medio millón de visitas, se explica en forma de dibujos animados todas las causas que han llevado a que esto sucediera. Según este vídeo, la cantidad de lluvia este año ha sido similar a la de años pasados, aunque desde Septiembre las lluvias han sido mucho más abundantes. Los bosques que antiguamente servían como presas naturales han sido sustituidos por presas artificiales, con las que controlar el nivel de agua a nuestro antojo, pero como bien sabemos el hombre puede cometer errores. La lluvia procedente del norte ha supuesto que en estos momentos los terrenos tailandeses estén bajo cien mil millones de metros cúbicos de agua, y como no, estas presas artificiales han fallado. Se prevé que Tailandia no recobrará la normalidad al menos en un mes, hasta que toda esta agua no haya sido absorbida por el mar. Una situación que está complicado mucho la vida en la capital tailandesa que en estos días está recibiendo el agua de las provincias del norte.

Templo Chaiwattanaram, patrimonio de la UNESCO / Foto: Christophe Archambault/AFP/Getty Images

En pocos días, estaré sobre los terrenos inundados de Tailandia, buscando esa otra cara del desastre, esa que medios de todos los países siguen ignorando. Sea como sea, una vez más queda demostrado que el ser humano destruye todo aquello que la naturaleza se empeña en construir, y no es otro que el mismo ser humano, el que sufre estas terribles consecuencias. Nuestra avaricia una vez se ha puesto de manifiesto, y como siempre, son los más pobres los que sufren en silencio. Las aguas cesarán y Tailandia volverá a ser un país donde la sonrisa volverá a lucir, pero mientras que esto ocurre miles de personas ya no volverán a ver salir el sol. Solo nos queda aprender de nuestros errores, aunque queda constancia una vez más que el tiempo se nos ha echado encima. Mucho me temo que esta situación se repetirá con mayor frecuencia en este año 2012 que pronto comenzará, mientras a miles de kilómetros la gente sigue ignorando las voces de un planeta que pide auxilio a gritos.

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