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Réquiem por un sueño, Camboya

Miles de niños camboyanos y vietnamitas se ven obligados día tras día a deambular por las calles de las ciudades en busca de su tesoro. Algunos se entierran en las papeleras buscando ese plástico y metal que muchos despreciamos. Otros consumen sus pocas energías tras una dura jornada de trabajo, esnifando ese pegamento que les devuelve a su Mundo Olvidado de juventud.

Somos felices por qué mañana volverá a salir el Sol / Foto: Omar Havana

A pocos kilómetros de los famosos templos de Angkor, cientos de chavales se ven forzados por sus padres a “jugar” entre toneladas de desechos. Allí, ellos caminan a pies desnudos sobre montañas de injusticia donde encontrar alimento es un regalo divino. Todavía retumban en mi cabeza sus palabras de despedida, “el día que tu te vayas ya nadie vendrá a jugar con nosotros”; todavía duelen esas pisadas desnudas sobre los afilados cristales de una sociedad que los desprecia. Sin doctores, sin educación, sin derechos, sin voz, allí, esos niños nacieron el mismo día que se convirtieron en adultos.

A pocos kilómetros de Angkor Wat, cientos de niños son felices porque “mañana volverá a salir el Sol”.

Réquiem por un sueño / Vídeo: Omar Havana

Los espíritus de la calle

Camboya / Vídeo: Omar Havana / Música: Radiohead-Street Spirits

Regreso al Mundo Olvidado

Siempre me cuesta dejar la ciudad de la Alhambra, decir hasta la vista a esa niña de la guerra, ver esa sonrisa de despedida en la persona que me dio la vida, siempre es difícil. Son ya casi doce años diciendo “adiós, nos vemos pronto”, y cada vez es más complicado decir hasta la vista a los tuyos, a aquellos por los que tu corazón late a más velocidad todos los días.

Todo cambia cuando tu espalda se pega al respaldo del avión que te aleja de tus raíces, el vacío se convierte en un silencioso amigo de viaje por más de 15 horas, la campana suena anunciando al asistente de vuelo que el “fotógrafo pesado” de la 28K quiere otro whisky, y solo queda mirar por la ventana un paisaje lejano que lucha por la libertad de sus ciudadanos. De repente, sientes el golpe del tren de aterrizaje de ese Boeing 777 como una gran patada en el culo, probablemente el capitán estaba más dormido que yo en ese momento, un cartel enorme te anuncia la llegada al país de la sonrisa, las caras empiecen a tener un semblante más tranquilo, y unas puertas se abren ,sientes la humedad adentrándose por tus fosas nasales, y todo tu cuerpo te pide un cigarrito, mientras el taxista corrupto de turno te grita al oído: “sawadee-ka, míster, taxi 400 baht”. Bienvenido a Tailandia, Omar, “joder que calor hace”.

Esto es Bangkok, para mí la ciudad en la que se inspiró Ridley Scott para hacer Blade Runner, casi una hora de bus hasta mi guesthouse, donde ya te das cuenta que en esta parte del mundo todo es diferente, “tenemos habitaciones, pero no se las recomiendo, están dando a la calle principal, y por la noche hay mucho ruido, no podrá dormir, así que es mejor que vaya a otro lado”, me cuenta el “ladyboy” de la recepción del hotelito donde me suelo quedar. Sin dudarlo un segundo, “me la quedo, no necesito verla, me gusta”, le digo, su cara me deja leer lo que está pensando en ese momento, “este está zumbao”. Su honestidad bien vale unas horas de mi sueño, y la experiencia de estar sobre la calle más ruidosa del sudeste asiático, “Khao Sarn Road”, no me la quiero perder. Tras horas de charla para el diseño de mi nuevo tatuaje, caigo rendido unas horas. El chumba chumba de los miles de altavoces que recorren la calle son mi despertador, “joder que razón tenía el ladyboy, aquí no hay quien cojones duerma”.

Khao Sarn Road, Bangkok / Foto: Omar Havana

Estaba impaciente por entrar en mi Mundo Olvidado, sin poder pegar ojo, a las 3 de la madrugada, negocio sin parar con los taxistas corruptos que me piden 4 veces el precio que vale llevarme a la estación de autobús de Bangkok, al final uno honesto, como siempre, solo hay que esperar. No paro de reír en los más de 30 minutos que me separan de Morchit, las pegatinas de prohibiciones de este taxi me recuerdan más al gobierno de Zapatero que a un medio de transporte público, a los normales de no se puede fumar o beber, se unen el de no llevar Durian, animales y ni transportar granadas de mano y rifles de asalto, y las de por supuesto no “fornicar” mientras el conduce.

Casi 5 horas me separan de mi Camboya, ahora si toca dormir. A los pocos kilómetros de llegar a la frontera, los habituales controles del ejército, aunque esta vez se veían un poco más alterados, el conflicto a pocos kilómetros de allí se les nota en sus caras. Encuentran a uno sin identificación, algo cotidiano en todos los viajes hasta este punto de Tailandia, después de sacarlo del bus, podemos proseguir. Y de repente, todo suena más familiar, entiendes lo que hablan, lo que miran, lo que piden, Bienvenido a Camboya.

La sonrisa se transforma, aquí es eterna, las miradas se te clavan y los contrastes te anuncian la realidad de este país, Camboya es diferente. Los niños corren desnudos en las cunetas de la carretera, mientras tu taxista a más de 120km/h va adelantando a un camión, mientras un autobús pasa por el otro lado, mientras lo hace se lo narra a su mujer como los de la sexta las carreras de Fernando Alonso, y no para de mirar la nueva película de Karaoke que se ha estrenado en Phnom Penh. Al principio acojonaba, aunque uno se acaba acostumbrando, solo hay que cerrar los ojos y que pase lo que pase.

Hora y media más tarde estoy en mi casa, más tranquilo y sin el chumba chumba constante de Khao Sarn Road, consigo dormir. Ahora sí, he llegado.

La noche invita a salir a buscar caras familiares, ves a los de siempre, nada ha cambiado, Siem Reap sigue siendo esa ciudad de contrastes. Mientras disfrutas de unas frías cervezas con amigos escuchando “house” en directo en el garito de moda, los niños de la basura te anuncian su presencia. Subidos a lo más alto de los camiones que recorren las calles recogiendo los despojos de la ciudad, se llevan a la boca todo lo que van encontrando, y de repente, la cerveza empieza a saber demasiado amarga. Es hora de retirada, mientras los ladyboys te muestran sus culos apretados gritando “hello handsome man, where are you from, come with me”. El insomnio vuelve a estar presente en mí, es difícil asimilarlo todo, aún más complicado en estas cuatro paredes que desde hace un año parecen más grises que nunca.

Camiones de Basura / Foto: Omar Havana

Pero existe un lugar donde todo se para, donde la felicidad es plena, los vertederos de basura. Allí la sonrisa de los niños no te deja estar triste, allí te contagias del espíritu de niños que no pueden ser niños, allí te sientes libre, y allí se te parte el corazón. Gritan mi nombre al verme llegar, mientras una vez más me pregunto a qué sabe la basura. Me dicen que ya han construido los cuatro pozos de agua, pero que uno se ha roto, y piden como siempre un dólar, aunque saben que no lo tendrán. Recorro las casas, y veo uno de los pozos nuevos, allí una niña de cinco años limpia la ropa, mientras cuida de su hermana pequeño quien no para de llorar al ver nuestras caras.

Foto: Omar Havana

Hoy la mafia que dirige este “lago” está más presente que nunca, es domingo, día de recogida. Una mujer recorre el vertedero, cuaderno en mano, apuntando las ventas y repartiendo billetes, al otro lado, los peligrosos, esos que siempre me mirar con cara de no muchos amigos, ellos cargan las camionetas con la mercancía que los niños de la basura han recogido durante la semana. Entre ellos los chavales, siguen buscando los últimos “artículos” que poder vender, perdidos en el mar de inmundicia hunden sus pequeñas manos para poder rascar los últimos cinco céntimos de euro que poder dar a su padre.

Buscando los últimos céntimos / Foto: Omar Havana

Hace unos días llegue a Camboya a cubrir un conflicto armado que ha costado la vida a alguna decena de soldados, la lucha por el poder, la corrupción a los más altos niveles, es ese conflicto que interesa a los medios de comunicación en Europa, sangre, muerte solo eso, pero nadie ha mencionado por un segundo, el gran número de desplazados que la lucha por Preah Vihear ha causado. Aun menos hablan de estos niños de la basura, que a tan solo unos kilómetros de los grandes templos viven ajenos a todo.

El hambre, la sed, la injusticia, la corrupción, esas otras guerras silenciosas quedan ignoradas, conflictos olvidados para un mundo que sueña con tener una fotografía de niño pobre en sus carteras. Hoy he vuelto por fin a mi Mundo Olvidado, a ese donde los niños sonríen mientras la sociedad los ignora, ese donde por encima del conflicto de Preah Vihear, hay otras guerras, la del hambre, la de la injusticia,…,la de los niños de la basura.

Los Niños de la Basura / Foto: Omar Havana

Es hora de dormir….Buenas Noches Camboya, y feliz día de los enamorados….

Agua, el regalo olvidado de los tres Reyes Magos

De todos los recuerdos que guardo de mi pasado, sin duda alguna, los más felices son todos aquellos relacionados con el día de “los Reyes Magos” de mis primeros siete años de existencia. Lo nervios de la noche del 5 de enero se convertían en sonrisas y lágrimas, cuando los primeros rayos de luz que entraban por mi ventana me despertaban al día siguiente, anunciando la llegada de los tres magos de oriente.

Han pasado muchos años desde entonces, durante los cuales descubrí que los tres Reyes no eran más que unos familiares que pasaban más que estragos para poder pagar la larga lista de regalos que un niño, caprichoso como yo, mandaba a esa famosa dirección en el Polo Norte.

Desde que en el 2008, el viento me quiso llevar a Camboya, los Reyes Magos no se han portado muy bien conmigo, y los días de felicidad que viví en mi infancia pasaron a ser un vago recuerdo para poder alegrar una jornada donde el carbón de la peor clase era el único regalo de esos tres abueletes de Oriente.

Al país del Angkor Wat, Melchor, Gaspar y Baltasar no llegan en camellos, ni traen oro, ni incienso, ni mirra. En la Camboya actual, los camiones verdes de la empresa Gaea, cargados hasta los topes de basura, son lo más parecido a esas lujosas cabalgatas que en la noche del 5 de enero llenan las ciudades de mi país.

La cabalgata de Reyes de Gaea / Foto: Omar Havana

 

Desde que hace unos meses, visité por primera vez los vertederos de basura de Siem Reap, comprendí que un solo deseo flotaba en el aire putrefacto de ese lugar, agua. Si algo me impresionó entre tanto despojo, fue el color del “liquido” que los habitantes de la “charca de la basura” se llevaban a sus secas gargantas. Desde ese día de octubre, la construcción de pozos de agua para estos seres humanos se convirtió en el objetivo número uno de este mundo olvidado.

Solo hace unas semanas, la visita de dos amigos ingleses reactivó la búsqueda de esa persona que pudiera donar el dinero. Y como por arte de magia, las historias de basura y felicidad de este mundo olvidado llegaron a los oídos de Carla, una “loca” italiana de sabiduría infinita y que desde hace más de veinte años vive en Asia, ayudando como puede a los más desfavorecidos. Gracias a la experiencia de esta trotamundos, no se tardó más de un día en poder localizar a esa “Reina Maga” que ha hecho que la vida de los habitantes de la charca de la basura sea un poquito más digna.

Somaly Na, sufrió desde muy pequeña los horrores de la guerra. Durante el régimen de Pol Pot tuvo que escapar de su país de origen, Camboya y desde hace años, reside en Hong Kong, desde donde ayuda como puede a la población de su Kampuchea natal. Para su último cumpleaños, Somaly decidió que no quería recibir nada material, e invitó a todos sus amigos a que hicieran una donación simbólica en lugar de comprar estúpidos regalos que la mayoría de las veces pasan a formar parte de la decoración de nuestros armarios. En tan solo unos días, reunió una cantidad cercana a los 1300 euros, dinero que sin duda alguna sería destinado a ayudar a los más desfavorecidos de su amada Camboya.

Hoy día de Reyes, el mundo desarrollado vive desenvolviendo miles de regalos inútiles que no servirán más que para poner una sonrisa por algo más de una hora en la mayoría de los niños, acostumbrados a tenerlo todo antes de pedirlo. Sin embargo, en el mundo olvidado, los niños no juegan, los chavales sonríen al ser acariciados por las gotas de agua limpia que decoran de dignidad este paisaje catastrófico. Ellos no sueñan con carreras de coches en la Playstation, ellos no saben los que es una Nintendo Wii, y al preguntarles por los Reyes Magos, dicen que sí, que conocen a uno, el de Camboya, y que ese no da muchos regalos. Pero al mencionarles la palabra agua, sus caras se iluminan, se sienten privilegiados de poder disfrutar de “tanto lujo”, y solo repiten “el agua ahora sabe a arroz y antes sabía a basura”. Las trescientas personas han encontrado a 18 y 30 metros bajo tierra ese regalo perfecto que alegrará sus vidas durante los próximos dos o tres años, dos pompas de agua, que serán cuatro en los próximos días, y que han impregnado de esperanza este lugar olvidado.

El regalo de Reyes / Foto: Omar Havana

Hoy 6 de enero, su sonrisa ha sido mi regalo, unos reyes que por fin han parado de dejar carbón en mi ventana. Hoy he descubierto que además de que los padres sean los tres magos de Oriente, también existen otras personas que, quizás no se conozcan, pero que sí son los verdaderos Reyes Magos. En Camboya, Gaspar, Melchor y Baltasar hoy, se llaman Somaly, una persona para la que el mejor regalo es ver a la gente sonreír, sin duda un ejemplo que muchos deberían seguir.

Gracias a Somaly Na, los niños de la basura hoy pueden tener un mundo un poco mejor, sirva como ejemplo las palabras de Sal, una niña de 16 años, que perdió un ojo hace unos años en este lugar, “antes de que tuviéramos los pozos solo me podía duchar una vez a la semana, ahora cuando estoy sucia me puedo lavar sin problemas, además me ducho dos o tres veces  al día”.

Ahora puedo ducharme / Foto: Omar Havana

Como dijo Tales de Mileto, “el agua es el elemento y el principio de las cosas”, y gracias a Carla, y sobre todo gracias a Somaly quizás el agua en este caso será el principio de un futuro donde estas familias dejen de ser olvidadas.

Antes y Después:

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